7 meses después se empieza a echar raíces. Suele ser lo normal en los procesos de mudanza. Viene la etapa de consolidar la permanencia. Ha pasado el tiempo del cambio, de la bulla del acomodamiento.  Confieso que me he llenado de esperanzas con el paso de las semanas  (los cambios no son fáciles y a veces resulta más fácil rendirse y perder la fe en el camino).

Empiezas a descubrir la magia de lo nuevo o a reconocer con agrado lo que forma parte de tu propia memoria histórica. De mi generación hacia atrás, aun disfrutamos de ir al cine y en el legendario edificio de la esquina, a un lado de la catedral, frente al Parque Central.

Allí vi Pinocho y Jurassic Park, entre otras películas que recuerdo. Como también recuerdo estar en misa y escuchar desde la catedral los sonidos de las películas de acción. El Padre echándose el sermón y al lado el ruido de las ametralladoras de la película (aquello realmente confundía).

Quizás, son cientos de personas que podrían contar muchas historias de las idas al cine con amigos o familiares, con la pareja y quizás más de alguna historia de amantes.

Tal vez, la última vez que entré al antiguo edificio del cine hispano había sido en el año 91 o 92, es decir, yo tenía quizás 7 u 8 años de edad. Y fue el pasado martes por la noche que volví. Entré, por razones de trabajo, al área de palco. Recordé con exactitud a la señora que vendía los boletos para entrar, recordé las lámparas que colgaban del techo en el pasillo, y luego las gradas que llevan al palco. Qué nostalgia me dio estar allí de pie hacia donde fue la pantalla donde se proyectaban las películas, actualmente  la sala está totalmente vacía y limpia. Yo me distraje en esos detalles de recordar cuando iba con mis papás, sin embargo, cualquier alucina sintiéndose e imaginándose en fragmentos de la película “Cinema Paradiso”. Qué ilusión por todo lo que imaginé también como proyecto a futuro en el edificio. Pero por ahora, aun guardo en la memoria la luz que entraba por lo alto de la ventana e iluminaba la antigua sala vacía, donde un día fue luneta. En fin… que desde esa noche que volví, me he quedado bailando sola en ese gran salón vacío.

Carmen Cruz

Es originaria de la ciudad de Santa Rosa de Copán, Honduras.
Máster en Gestión de Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar de Guatemala.
Actualmente radicada en la ciudad de Santa Rosa de Copán en donde trabaja como gestora cultural independiente y en un proyecto de emprendimiento propio.
Fue Subdirectora de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño. Presidente del Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa. Jefe de la Unidad de Negocios Editoriales, Hemeroteca y Editora de Turismo e Identidad Nacional para el Grupo OPSA, La Prensa, en San Pedro Sula. Técnico académico administrativo de la Dirección de Posgrados de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. Ha sido profesora titular de la Universidad Rafael Landívar y Universidad del Istmo en las clases de: Introducción a la Literatura; Lenguaje y comunicación; Antropología filosófica y Apreciación de cine.
Perteneció al Comité Internacional de Investigación y Crítica Literaria de Editorial Promesa de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad de la Sabana de Bogotá, Colombia.
Ha dado conferencias y tiene publicaciones en países como México, Chile, Costa Rica, Colombia e Italia.

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