Mientras transcurren sus primeros años de vida, van apareciendo ángeles que se enamoran de sus sonrisas. Esos ángeles no suelen ser sus padres biológicos, ellos no tienen tiempo que perder en esas cosas, porque los hombres importantes como los escritores, por ejemplo, solo se dedican a trabajar en asuntos de alto nivel y no tienen tiempo para llamar a sus hijos, no tienen tiempo para dar amor, para cargarlos, para acariciarlos, para jugar con ellos. Solo les dedican un mal poema el día que nacen, se hacen una “selfie” en donde de fondo salen los deditos de los niños inocentes, luego suben las fotos a las redes sociales o las usan de foto de perfil en el whatsapp. En un año solo los ven dos veces, es suficiente porque para eso “envían dinero, para que nunca les falte lo necesario”.

Y es tan fácil enamorarse de los pequeñitos y volverse loco y adicto a sus sonrisas. ¿Cómo es que hay hombres que jamás tienen la oportunidad de sentirse enamorados de ellos, de darles y recibir  su amor, de dedicarles una tarde y sentarse con ellos en brazos, comer naranjas juntos, inventar juegos y verles que cada día hacen una gracia diferente?

No es humano quien no sabe amar y mucho menos aquellos que no se permiten equivocar, perdonar, corregir, enmendar en el camino del amor. ¡Qué cursi me he vuelto! Sí, es verdad, pero yo no soporto a un hombre que ofrece dinero, poco,  mezquino, a regañadientas, para que los niños de pocos rizos pero de abundantes sonrisas tengan su lata de leche semanal.

La miseria, señores, no solo es vivir en una casa hecha de cartón en un barrio periférico de una ciudad, no allí seguramente hay más amor alrededor de un fogón que da calor que lo que esas personas que se hace llamar investigadores, consultores, escritores, gestores y que viven del que dirán, ofrecen con dolor unos billetes para los niños de las sonrisas tiernas.

Sí, de este tipo de papás abundan, escriben opiniones en diarios nacionales y cada vez que alguien necesita de una opinión acerca de literatura acuden a ellos para entrevistarlos, esos son algunos de los hombres intelectuales de este país: ladrones de sueños y malos padres. Eso sí, cuando ellos ponen dos versos mal logrados en el Facebook, tu les das “me gusta”, mientras tanto los bebés duermen de noche plácidamente acobijados en el regazo de un ángel.

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