Yo vengo de la ciudad de calles angostas, de montañas azules, en donde la gente de siempre sonríe. Por las calles y en las madrugadas sólo se encuentran los perros de nadie que, a juzgar por la seguridad con la que caminan, pareciera que van hacia una dirección determinada. Aquí el aire siempre es frío, la lluvia cae con tal intensidad que hace pensar que la fuerza del agua desmoronará las piedras. La niebla de la mañana, los olores de siempre, las garzas que vuelan de norte a sur por las tardes.

Vengo de una familia en la que lo único que hemos heredado ha sido grandes dolores. Generaciones de penas, dolores de ataúdes, pero a la vez, protagonizamos historias de valentía en las que hemos sabido convertir las historias simples en hechos heroicos.

Pero hoy, más que a hablar de angustias yo vine a reconstruir un fragmento de la historia de los abrazos, las sonrisas y los colores de Nena. Desde que se fue yo me suelo preguntar adónde se fueron las palabras de cariño que ella a diario pronunciaba para mí. Dónde están las miradas que ella me daba cada mañana. Adónde fue lo eterno de su ser que flotaba por la casa o mis dolores y yo que nos acurrucábamos entre sus piernas.

Anoche la soñé: estuve nuevamente a su lado, de frente, sonriendo, llorando, ya no lo sé, pero allí estábamos abrazándonos y por eso hoy amanecí pensando en ella. En qué se habrán convertido sus viejos zapatos desvelados por la preocupación de verme crecer. Adónde fueron a parar aquellas angustias que saltaban de sus ojos por mí. Sus ojos brillantes y toda ella parada en la esquina esperando la belleza casi cotidiana del atardecer.

Por eso, hoy vine a pedir que me devuelvan mi vida, aquello que dejé atrás: regrésenme lo mío, devuélvanmela a ella. El olor a canela, a manzanilla y otras hierbas, el olor de las telas con las que Nena nos cosía vestidos rosa y amarillo. Ella guardaba en sus labios muchos atardeceres y en ellos también amanecían ilusiones. El olor a silencios perdidos en sus pinturas de la vieja sala, las doce campanadas del familiar reloj. El mosaico que desliza los juegos, las risas y las lágrimas. Por aquí desfila todo, junto a los ángeles que nunca nos abandonaron. Si alguna vez te paras junto a mí, escucharás estos gemidos, la imagen y la sensación de haber vivido lo que ahora explico, entonces serás parte de mi fábula, de mi cuento y bailaremos juntos en esta fiesta que acaba de empezar.

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El cansancio del largo viaje siempre lo mitigaba la satisfacción de haber estado en casa, de haber visto a la familia y a las personas que nos quieren, por lo menos por un rato. Durante muchos años me despedí de Nena y de papá, y mi único destino era el País de la Primavera Eterna, como la llaman, y a pesar de los años, el dolor siempre fue igual: las lágrimas, las promesas, los planes de la próxima visita, los consejos, las recomendaciones para el viaje, un te llamaré al llegar, asegurarnos de no olvidar nada en casa, el último abrazo después de habernos dado unos veinte más antes de este último. En el camino se mezclaban los recuerdos con olor a casa impregnado en la ropa, el perfume de Nena que se quedaba por unos minutos en la nariz. Suponía dejarlo todo allí, al viento. Lloraba por un buen rato. Tal vez hasta llegar al río. Pasaban muchos meses sin poder volver.

Esto que roza mi piel es lo que sentí cuando me vine por primera vez y fue igual por los años siguientes. Recuerdo la imagen de Nena y papá parados en la esquina de la casa o en el portón. ¿Cómo olvidarlo? Vacilaba de tormentos, la garganta descompuesta. Sin embargo, seguí, caminé. Algunas veces tratando de ignorar el dolor que suponía en vez de trabajarlo aquí adentro y ofrecerlo.

Durante el camino me acompañaba esa sensación jadeante de gritos internos. Y en el fondo, y en algunas ocasiones, lo que deseaba escuchar era: “es una broma todo lo que ha pasado. No es verdad todo aquello que has vivido.”

A veces, también, pesaba más la sensación de que en aquel otro país nadie me esperaba, nadie estaba por mí. Eso pensaba yo. Al final, terminaba brindando con alguien por aquello, por la soledad a dos llevada. Descansar en la presencia de un amigo suponía no estar sola en la casa, sintiendo esas sensaciones raras de no pertenecer ni al País de la Primavera Eterna ni al pueblo de calles de piedra.

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Después de muchos años volví al pueblo de calles angostas. Estoy desconcertada, como suele pasar cuando las piezas del mosaico se recomponen. A pesar de regresar a la propia casa, ya nada es lo mismo. Entonces es cuando hay que sentir los cambios como un reto a la propia creatividad, entusiasmo y, porqué no, fe.  Es de lo más normal tener sentimientos encontrados, supongo. De momento estoy un poco agotada con el viaje, la mudanza, pero como siempre me río de mi tragicómico desorden vital. Reponerme de una pérdida tan importante como la de Nena me llevará más tiempo porque ahora me encuentro entre sus cosas. Pero se puede. Y se debe.  La vida se filtra tercamente por las rendijas de la cárcel donde uno está atrapado, y poco a poco los barrotes se van derritiendo y hay luz. Entonces uno agradece cualquier gesto o palabra tierna, el sol sobre la piel. En fin, la vida que regresa milagrosamente. Quedan cicatrices, pero qué plástica sería una piel sin marcas. Necesito tiempo, para no ser tan dura conmigo misma.

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La última noche del año sonó el disco de arpa de Nena. Milagrosamente mi abuela, al escuchar la música, moribunda en su cama, sonrió después de muchos años. Al ritmo de la música abracé mis sueños áridos y con ellos bailé. Me recosté en los hombros de los días y descubrí mi habilidad para estar y no estar frente a los demás. Sentí miedo, la incertidumbre necesaria, por mi mal genio que reparte caricias a los que me rodean y causan daños incalculables. Mis manos aún buscan lo desconocido y quieren recorrer caminos que no debería para algunos. En mí nada muere por completo, es sólo que al pasado lo dejo en receso. Por esta razón, desde ese día prometí cerrar muy bien la puerta para no dejar que ningún fantasma me aceche. Desde entonces me envuelvo en la oscuridad, porque ya no le temo a mi íntimo silencio. En esta casa, la esperanza es lo único que aún no agoniza.

Hoy por la noche, serena de luchas cotidianas, y con la fuerza de mi mente la traigo a ella de nuevo a mis sueños. Nos tomaremos aquel café que nos prometimos la tarde de julio en la estación de buses, cuando le di por última vez un abrazo. Quiero contarle que ahora sólo le temo a lo posible, lo imposible lo conozco demasiado bien. También quiero prometerle que mantendré esta profesión secreta, confesional y que envejeceré siendo un espectro de las letras.

***

Epílogo

Nena, hoy carezco de alas. Desde que te fuiste nuestra casa de cartón ha quedado con huellas de viento y un sol que asciende entre melancolías por nosotras. Anhelo las noches con pimienta en el cielo junto a ti. Hace tanto tiempo desde que te fuiste que ahora la mujer que vivía al lado nuestro, la mujer de pelo rojo, sin ningún motivo, una mañana de verano partió al Celaque y sus cabellos se volvieron blancos como leche.

Hoy abrí la puerta de la esquina, la que a ti tanto te gusta, desde donde se ven los muslos de tierra que van hacia el Merendón. Sin tí anochece a la mitad de la mañana. Tus cartas han aprendido a atravesar muros porque están en continuas batallas con mis melancolías. Ahora mi corazón está vencido, se trata de la muerte de los cuentos de los hermanos Grimm que leías para mí, porque el poder de tus aspiraciones es mucho mayor que yo. Desde el pecho me surgió una iluminación, un sentimiento, una gracia, un gen de estado de ánimo, escalofríos que aún encierran nuestras cabezas desnudas.

El primer síntoma de estar a punto de morir es ya no poder escribirte nunca, no poder leerte un fragmento del Cantar de los cantares, no poder escuchar la música que ponías para mí.

Nuestra casa guiña sus ojos en el día y yo imito un perfecto estado de ánimo ante ello, apoyando mi cabeza sobre un difunto reloj que ya no sabe esperar por ti.

A veces tiendo mis pies para apoderarme de los movimientos que te buscan a diario, para salvar pedazos de recuerdos con los que se embellece algún rincón de nuestro armario. El recuerdo de tus manos sobre mi cara salva los fragmentos de esos lugares.

Por las noches acostumbro herir las nubes con las hélices de mi insomnio, ya no sueño; ahora sólo acostumbro a tomar objetos de tus sueños, a convertirme en lo que tú quieras cuando me cuentas en sueños que estás junto a mí; y eso es lo más doloroso, las continuas metamorfosis que sufro a tu lado en sueños, el tener que pasar por las mañanas de la pintura en la que estás retratada, el único lugar que ahora habitas de nuestra casa, a este mundo real, este en que escribo, y por las noches regresar a verte y dormir contigo dentro de un cuadro.

Carmen Cruz

Es originaria de la ciudad de Santa Rosa de Copán, Honduras.
Máster en Gestión de Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar de Guatemala.
Actualmente radicada en la ciudad de Santa Rosa de Copán en donde trabaja como gestora cultural independiente y en un proyecto de emprendimiento propio.
Fue Subdirectora de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño. Presidente del Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa. Jefe de la Unidad de Negocios Editoriales, Hemeroteca y Editora de Turismo e Identidad Nacional para el Grupo OPSA, La Prensa, en San Pedro Sula. Técnico académico administrativo de la Dirección de Posgrados de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. Ha sido profesora titular de la Universidad Rafael Landívar y Universidad del Istmo en las clases de: Introducción a la Literatura; Lenguaje y comunicación; Antropología filosófica y Apreciación de cine.
Perteneció al Comité Internacional de Investigación y Crítica Literaria de Editorial Promesa de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad de la Sabana de Bogotá, Colombia.
Ha dado conferencias y tiene publicaciones en países como México, Chile, Costa Rica, Colombia e Italia.

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