He sido feliz. Lo he sido en varias ciudades en las que he vivido, pero lo cierto es que las etapas en mi natal Santa Rosa lo han sido sobremanera. Una mudanza más por  vivir y me recuerda que soy ese caracol que carga con su casa en su propia espalda. No necesito de mucho para sobrevivir, antes unos cuántos libros, té, papel y lápiz. Ahora necesito de internet para comunicarme con cada mundo que dejo atrás. Yo puedo describir con exactitud las etapas que conlleva una mudanza: guardar trapos, recuerdos y proyectos en una caja; el terror de transportar cosas preciadas porque “ese hombre no sabe que si tira esa caja, se quiebra el mundo que he decidido dejar atrás”; abrir las cajas con olor de la vida de antes; acomodar, sacar las cosas inútiles pero que son las cosas que te dan seguridad; y luego, viene la etapa de superar los miedos, de volver a encontrar las cosas cotidianas en las formas, dimensiones y momentos precisos; la gente, por Dios, algunos más humanos que otros pero es parte de sobrevivir al cambio; la nostalgia de que antes aquello era mejor; la ilusión por lo que viene,  por los proyectos a emprender; la ilusión por la gente que conocerás y las experiencias que ganarás; y con el pasar del tiempo la melancolía más nostalgia por la vida que se dejó, aunque el presente sea feliz… No me juzguen por favor, así soy yo, grito lo que me duele, la tristeza a veces vence mi corazón,  escondo mis alegrías profundas y tal vez no las cuento a menudo porque son solo mías y soy sumamente egoísta con eso. No se atrevan a juzgarme porque un día me quejo y me quejo de lo complicado que es emprender una nueva vida, otra vez y otra vez. Dichosos aquellos que pocas veces les tocó salir de casa y se sienten cómodos por eso, porque no han sentido la necesidad de explorar el mundo, de ir de ciudad en ciudad en búsqueda de conocerse a sí mismo. Tengo necesidad, a veces, de decir lo que pienso cuando me siento confundida, para no quedarme con esto en mi corazón. Y si no es con vos, con quién más podría llorar y reír de mis desatinos de vida. Mi conciencia e intuición siempre saben qué es lo mejor y ahora mismo me dice: “hija mía, no sufras más de la cuenta, es solo Tegucigalpa, ya lo viviste una vez, qué importa hacerlo una vez más.” Vivir y seguir viviendo vale la pena. He sido feliz. Soy feliz. Seré feliz.

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