Gracias a las acertadas recomendaciones de un amigo muy querido de México, Rafael Jiménez Cataño, recientemente leí un texto de otro mexicano, del Doctor Juan Carlos Mansur: “Habitar la ciudad”. Desde que era estudiante de filosofía supe que “ser ciudadano” conlleva compromiso, acción y responsabilidad en el lugar que se habita y con quiénes se habita, de hecho, desde la filosofía aristotélica se ve de esta manera.

Ante los recientes sucesos del terremoto en México, qué fácil resulta sentirse en desamparo cuando nos dejamos llevar por la oleada mediática en estas épocas. Es contradictorio: la información está más a la mano que nunca pero, en algunas ocasiones, hay carencia de imparcialidad y veracidad en lo que se difunde.

Como siempre, no me gusta solamente resaltar lo negativo de lo que sucede en la actualidad, trato de rescatar lo bueno, lo positivo y lo esperanzador de todo lo que vemos. Ver la solidaridad y las largas cadenas humanas de “ciudadanos” que han respondido a la emergencia en la que se encuentra la Ciudad de México es realmente inspirador y me recuerda que por sobre todas las cosas aún hay «habitantes».

Volviendo al texto del Dr. Juan Carlos Mansur, hay algunas párrafos que llaman poderosamente mi atención y que tienen relación con lo que estoy exponiendo: “Las ciudades son las manifestación de nuestra forma de expresar nuestros deseos e intereses por nosotros mismos, por los demás y por las cosas que nos rodean, por esto, se habita la ciudad cuando se hace ciudadanía, y se encarnan nuestras relaciones sociopolíticas y económicas, que se reflejan en las formas arquitectónicas y urbanas de las ciudades”. Más adelante continúa: “Habitar se da por ejemplo, desde el acto de cuidar y preservar una amistad y sacar a la luz la cordialidad de las personas. Una ciudad es habitable cuando en ella se cuida de la persona en cada una de las etapas de su vida… Este es el punto de partida y la meta para hacer habitable una ciudad”…

Habitar no es un acto egoísta. Y con esto también me recuerda el maravilloso libro de Antoine de Saint-Exupéry: El Principito, porque el Principito habita en un planeta en donde posee una flor y tres volcanes. Tiene responsabilidades y comprende que cuidarles les es útil a la flor y a los volcanes. Habitar es poseer y lo que se posee se cultiva. Es decir, cultivar su flor y su volcán es ya un trabajo. Entonces, el Principito habita, trabaja y cuando se trabaja para habitar, se vive, se es feliz. La vida humana aparece cuando se crea un espacio de relación y afecto con algo o alguien a quien se ama, entonces ves y entonces dices algo con sentido. He allí la diferencia del sentido de poseer del Principito y del hombre de negocios al que visita en el cuarto planeta. Este hombre habita como consecuencia de que trabaja contando pequeñas cositas que brillan en el cielo, entonces su trabajo carece de sentido, pierde interioridad. La vida de este hombre depende enteramente del tener material, pero este hombre nunca ha llegado a poseer verdaderamente:

– ¿Y qué haces con esas estrellas?
-¿Qué hago?
-Sí.
-Nada. Las poseo.
-¿Posees las estrellas?
-Sí.
-Pero he visto un rey que…
-Los reyes no poseen; “reinan”. Es muy diferente.
-¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y para que te sirve ser rico?
-Para comprar otras estrellas; si alguien las encuentra.

El hombre de negocios “posee” 501,622,731 estrellas, pero no ofrece nada, es un hombre vacío, o puede ser que ofrezca engañosamente. Esto representó una enorme decepción para el Principito. “El Principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las personas mayores…” (p.67). En síntesis, la mayor posesión o la posesión más honda que tiene el Principito es su capacidad de entrega hacia lo que ama. Eso lo hace ser un niño virtuoso que tiene su planeta en el que habita, trabaja a gusto e inventivamente, y es feliz, aunque en ocasiones sea necesario salir de casa para comprenderlo. Lo espectacular es que a su corta edad sabe vivir a fondo y transmite vida, porque la adquiere con el trabajo y en su casa.

El Principito no desea, sino que ama lo que posee. Conoce el amor. Verdaderamente podemos decir que él tiene una casa, un lugar que habita.

El amor y la solidaridad, no se gastan, más bien se ponen en práctica de forma permanente cuando somos verdaderos ciudadanos y “habitamos” un lugar, con todo lo que verdaderamente eso significa. Los hermanos mexicanos nos están dando una cátedra en este momento al respecto, aprendamos las lecciones de vida de ellos. Ojalá nos sirva para reflexionar, y si podemos actuar mejor aun, todo lo que tanto circula en las redes sobre el reciente terremoto.

Finalmente, sugiero leer el texto “Habitar la ciudad” del Dr. Juan Carlos Mansur en el siguiente link en donde se puede descargar el pdf: http://openinsight.mx/index.php/open/article/view/258/.pdf

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