El nombre es nuestra primera seña de identidad.

Me gusta que me llamen por ni nombre y me siento orgullosa del mismo, tanto porque soy la tercera en la familia en llevarlo: mi tía abuela, mi madre y yo; así como por su significado: Carmen viene del hebreo כרמל Carmel (jardín de Dios) o del latín canto, música, poema, conjuro, hechizo. Popularizado, posteriormente, por la veneración a Nuestra Señora del Monte Carmelo en Israel, su santoral es el día 16 de julio.

Y así como mi nombre tiene esa connotación hermosa por las personas que dentro de mi familia lo llevaron y, porque etimológicamente me parece muy singular, creo que la mayoría de los nombres tienen un significado que nos ayuda a definir nuestra personalidad.  El nombre dice mucho de nosotros y de quienes nos lo han puesto, también de la sociedad, sus modas, historia y evolución

Según un estudio publicado por la revista “LiveScience” y realizado por la Bloomberg University of Pennsylvania, cuando un Benjamín o una Alexandra llegan a la universidad en Estados Unidos tendrán muchas más posibilidades de que los tomen en serio que si se trata de un Justin o una Amber. La razón esgrimida es que las clases con menos acceso educativo tienden más a seguir las modas impuestas por la televisión o el mundo del espectáculo y los más «cultos» buscan nombres más literarios o singulares.

El nombre, además de su valor por el significado, tienen otro simbólico, tanto o más importante. Aunque ahora se han convertido, más bien, en significantes. Por ejemplo, la actriz de Hollywood, Gwyneth Paltrow, eligió como nombre para su bebé, una niña, Apple.

La costumbre de dar al niño el nombre del santo del día fue cayendo en desuso, al mismo tiempo que los nombres más tradicionales como José o María y proliferan los Kevin, Justin o las Kimberly y Britany. También se ha perdido poco a poco la tradición de nombrar a los hijos como los padres o los abuelos, salvo que exista una vinculación afectiva muy intensa o se quiera destacar la pertenencia a una saga familiar y por eso después del nombre se les agrega el “junior” para aclarar que se trata del hijo.

Hace pocos años, el entonces Papa Benedicto pedía a las familias que se mantuviera la costumbre de imponer nombres cristianos a los bebés a la hora del Bautismo ante la avalancha de Brian y Stephany, por mencionar otros ejemplos.

Pero independientemente del nombre que nos ha tocado, en todo caso, afortunadamente tenemos un nombre propio y no somos solo un número. Dime tu nombre, dime quién eres. Es lo primero que preguntamos cuando conocemos a alguien y así ha sido desde hace siglos.

Cuando hago la compra de la verdura en el mercado, los vendedores de verduras suele llamarlo a uno por “amorcito”, “mi amor”, “mi reina”, “corazón”, “seño” “princesa”, “muñeca”, eso es completamente normal en nuestra cultura hondureña (y quizás en muchos de los países de América Latina) y, hasta siento raro el día en que los vendedores no me dicen uno de esos cumplidos amorosos con tal de que les compre una libra extra de papas o unos aguacates más. A esa gente que le cuesta tanto llevar sus verduras en una carreta o en una canasta en su cabeza para vendérmela en la puerta de mi casa, como sucede aquí en Santa Rosa de Copán, a ellos les acepto incluso que me llamen “madre” (término que me sigue pareciendo feo en comparación al “amorcito” y otros más). Finalmente, todas esas personas se ganan su vida dignamente con sus ventas. Y se entiende que no lo hacen de manera ofensiva, todo lo contrario, quieren ganarse a los posibles compradores llamándonos con “cariño”.

Lo que nunca entenderé es a nivel profesional, institucional, de gente que se supone ocupa cargos por capacidades, con instrucción educativa incluso a nivel superior y que utilizan estos términos para comunicarse con las personas a las que les ofrecen servicios profesionales. Ha sido, es y seguirá siendo vulgar, desde mi punto de vista, que en un banco, oficina de gobierno local o estatal, oficinas privadas y todo sector que implique servicio al cliente lo llamen a uno por “amorcito”, “mi amor”, “mi reina”, “corazón”, “seño”. Uno se acostumbra a este tipo de detalles y si voy a hacer gestiones es lo que menos importa, lo que se desea es que le resuelvan a uno x gestión con eficiencia y eficacia. Para cada cosa su lugar. Si compro tomates está bien y si voy a una transacción bancaria es hasta cierto punto impertinente y habla mucho de la institución y sus directivos.

No me resta más que insistir que como parte de la inducción al personal que tiene contacto con servicio al público aprenda a comunicarse de la forma correcta. Si uno no sabe y no viene al caso preguntar el nombre de la persona, para eso existen palabras como: señor, señora, caballero, dama, señorita, joven. Son normas básicas de educación que son vitales en una institución: referirse a toda persona de forma adecuada y si es posible llamarles por su nombre.

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