Crítica publicada en: Colección Leo-Pienso-Opino, No.7, Editorial Promesa, Costa Rica, 2007.

1. Introducción

La obra poética de César Vallejo es única, por su forma y por su fondo. Los heraldos negros expresa el dolor humano y solitario, es un prisma en el que Vallejo se descubre y confiesa. Destruye un mundo para instaurar un lenguaje, es a la vez búsqueda y hallazgo de una poesía que oscila entre recuerdo, riesgo y desnudez. Un proceso incesante que empieza a indagar acerca del “yo”, un buceo hacia las interioridades de la palabra.

El hecho de no encontrar respuestas que el propio Vallejo se plantea, como la culpabilidad de nacer, la fragilidad humana, el inexplicable dilema de vivir para morir, acentúa su vacío existencial donde se pierden los verbos y aparecen sólo los símbolos. De allí, “Espergesia” (p.101) traduce la poética de Los heraldos negros, porque es el fin de un vértigo y apertura hacia otra latitud humana.

Este libro presenta un fenómeno total: es el otro lado de la condición humana, el desgarramiento lento de las entrañas y nacimiento de un nuevo orden verbal, la destrucción de la prosodia.

Los heraldos negros no es una colección de poesía inconclusa, es más bien el fin de un planteamiento, un proceso consciente, un resultado poético y que Vallejo se lo plantea previamente. No es un libro del azar. Tampoco está cerrado en un hermetismo incoherente. El presente trabajo propone analizar las posibilidades de indagación y hallazgo en Vallejo, que, gracias a su lenguaje tenso y nuevo, alcanza a crear un tono verbal de extraordinaria flexibilidad y hondura. Vallejo es la persona que se interroga por los vacíos humanos, al parecer con una entrecortada manera de hablar, pero que, en el fondo, deja más de lo que oculta, calla o ha dejado de decir diciendo.

Palabras clave: Poesía de la condición humana. Sentido del dolor.

2. Estructura de la obra

Los heraldos negros (p.9) se abre con el poema que lleva el mismo título. Este poema es el único que se encuentra suelto, ya que el resto del libro se divide en siete segmentos. Cada segmento tiene de cuatro a veinticinco poemas, haciendo un total de 69 poemas.

El primer segmento se titula “Plafones Ágiles” (pp.10–22) y consta de once poemas. “Buzos” (pp.23–28) tiene cuatro. Le sigue “De la Tierra” (pp.30–43) con diez. En “Nostalgias Imperiales” (pp.45–48) hay cinco. “Terceto Autóctono” (pp. 50–61) con ocho. “Truenos” (pp.62–94) es el segmento más largo, en él hay veinticinco. Finalmente, “Canciones de Hogar” (pp.96-101) presenta cinco poemas.

La estructura de estos poemas es la de la poesía de compromiso social de la época, va de lo tradicional a lo experimental: libertad de rima parcial, atada a la disciplina silábica frente al versolibrismo. Predomina el versolibrismo, sin embargo, encontramos versos endecasílabos, alejandrinos y heptasílabos.

Por la importancia que tiene el poema Los heraldos negros, haré mención de sus elementos estructurales básicos, los mismos se convierten en una constante en la mayoría de los poemas de esta obra. Formalmente este poema tiene 17 versos distribuidos en cuatro estrofas de cuatro versos, más un verso final. La primera estrofa consta de dos alejandrinos y dos endecasílabos, rimando el primero y el cuarto verso, sueltos el segundo y el tercero. Las otras tres estrofas son todas de verso de catorce sílabas; en cada uno de ellos el segundo y cuarto verso riman, el primero y el tercero son sueltos.

3. Comentario

3.1 Hogar y ausencia  

Los heraldos negros es un libro endeudado en buena parte con la tradición postmodernista hispanoamericana. No hacemos énfasis en lo que Vallejo recibió de la tradición, sino más bien en cómo, desde la primera obra, obtuvo sus mejores logros. Visto en conjunto, Los heraldos negros es un canto desesperanzado, duro en sus pasajes más intensos, cuando representa una existencia asediada por el carácter mortal, por el estar de la muerte, es una confesión del continuo frustrarse de una íntima apetencia de felicidad y de absoluto, ya sea frente al amor, frente a la divinidad o a los otros hombres.

En el libro existe una sección, que por distintas causas, ha suscitado el interés de todos sus críticos: me refiero a las “Canciones del Hogar”, en ella se expande un modo de sentir y reanimar el ambiente de la casa paterna, la figura de la madre, la infancia, y la medida del mundo y de la vida que en ellos se condensa. Este tópico reaparece en los libros siguientes, pero en cada uno se presenta como el mismo y distinto, además, en cada caso, la relación entre el tópico y el todo de la obra se transfigura. Averiguar cómo se produce y manifiesta tal cambio es uno de los motivos nucleares de estas páginas.

Penetremos en el ambiente hogareño que con tan perfilada delicadeza reproducen algunos de los versos de Heraldos. En el poema “Encaje de fiebre” (p. 96), el autor refiere un estado de  ánimo que actualiza la presencia de los padres, como si ellos surgieran materialmente en una atmósfera de misterio, de inefables vivencias que fluyen desde un no-ser de honda raíz mística. Esa fuerza transformante que ilumina la figura de los progenitores, rescatándolos de la penumbra, invade los versos y cuaja en emoción:

En un sillón antiguo sentado está mi padre.

Como una Dolorosa, entra y sale mi madre.

Y al verlos siento un algo que no quiere partir… 

(Vallejo, 1999, p.96)

De modo que ese reencuentro con los padres podría insinuar la convicción de una identidad fundamental que el poeta reserva, y de la que no desearía apartarse ni ser despojado. Si atendemos al simbolismo del verso final, hemos de coincidir en que en el área expresiva de partir están implícitos valores de muy activa participación en el mundo vallejiano; a saber: distancia, ausencia, despedida, añoranza, tópicos que consiguen tratamiento peculiar en las “Canciones de Hogar” (pp. 96-101), y que, en el consenso de la crítica, revelan un rasgo de los más personales en las piezas de Heraldos.

Uno de ellos: “Los pasos lejanos” (p. 97) desvela el ambiente de la casa paterna, estancia que –hemos visto– perdura en el recuerdo con hondísima impronta espiritual; el autor dirá cómo la imagina cuando él se halla ausente y cuando su alejamiento enturbia la apacible quietud del hogar provinciano. Veamos en qué modo su palabra aglutina emociones que destilan en cuatro elementos: a) la figura patriarcal del padre, puesta en relieve con los atributos que le extiende su corazón generoso; b) la madre, que paladea su tristeza en el horizonte estrecho de la casa y los huertos, y en cuyo pesar se sublima, fundiéndose en la esencia del amor; c) el hijo, el ausente, y por lo mismo el lado amargo en la armonía pequeña, pero inapreciable, del círculo familiar; y, finalmente d) la atmósfera de melancólica ternura, de ingobernable impulso reencuentro:

Mi padre duerme. Su semblante augusto

figura un apacible corazón;

está ahora tan dulce…

si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza;

y no hay noticias de los hijos hoy.

Mi padre se despierta, ausculta

la huida a Egipto, el restañante adiós.

Está ahora tan cerca;

si hay algo en él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos,

saboreando un sabor ya sin sabor.

Está ahora tan suave,

tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla,

sin noticias, sin verde, sin niñez.

Y si hay algo quebrado en esta tarde,

Y que baja y que cruje,

son dos viejos caminos blancos, curvos.

Por ellos va mi corazón a pie.

(Vallejo, 1999, p. 97)

Los temas del hogar y de la ausencia, en el primer libro de Vallejo, alcanzarán acento dramático en la última etapa creativa del poeta. En Los heraldos negros, en el poema que aquí insertamos (p.97), en “A mi hermano Miguel” (p. 98), y “Enereida” (p. 99) son ya visibles la problemática y la técnica que irán decantando una imagen de la ausencia.

“Los pasos lejanos” (p. 97), nótese, usa desde el título un rasero humano que transcribe en la medida de lo físico la vehemencia emocional, y la dispone en un conjunto de niveles, cuya ruptura origina el impacto afectivo que reagrupa a los miembros de la familia.

Observemos, por ejemplo, en la primera estrofa, la oposición de: está ahora / seré yo (3ª persona, el padre / 1ª persona, el hijo), la cual es modificada por tan dulce / amargo, que encarnan poéticamente las funciones relativas al estar en presencia y en ausencia.  Acontece otro tanto en los versos finales de la estrofa segunda, en los que el vínculo entre las personas primera y tercera resulta connotado, ya no en el nivel del sentimiento sino de la relación espacial: cerca / lejos. Es obvio que estos versos de la estrofa segunda revierten sobre el efecto creado por los de la primera, y realzan los factores que modifican el enlace de las personas, ya en el plano emocional, ya en el plano material. Agréguese que, en ambos casos, la frase si hay algo –de amargo o de lejos– en el apacible corazón del padre, alude tanto al carácter excepcional de ése, cuanto a la insignificancia de calidades (bondad, perfección) del hijo ausente. El papel del hijo es la contrafigura, la sombra (¿fue egoísta al marcharse?), que resalta la generosidad inherente al cariño paterno; vale decir, su capacidad de amor y sacrificio.

La estrofa tercera concibe a la madre en actitud dinámica: pasea allá en los huertos, verso que depende –en buena parte– del valor que dimana de allá y que se aclara en la línea siguiente con la repetición de sabor, con el resultado negativo que puntualiza la desazón materna. La madre, como si huyera de la casa en donde falta el hijo, sufre en silencio, en soledad (quizás, para que no lo advierta el padre); y el factor dinámico del pasear se transfiere al recordar (revivir), que carece ahora del sabor propio de años remotos, cuando el hijo era un niño; en la infancia sin sombras. En el vivir hacia adentro, en el padecer silencioso, la figura de la madre asciende y cristaliza en la imagen del amor maternal: Está ahora tan suave / tan ala, tan salida, tan amor, en la que la estupenda aliteración de la a y la progresiva secuencia semántica, nos comunican una plenitud de bondad y pureza, signo del amor sin reproche.

La última estrofa diseña el ambiente que traduce el estado emocional de los padres, y traza la perspectiva desde la que se ilumina ese cuadro: la vivencia del poeta y su empecinado retorno en el afecto, a despecho del espacio y de las épocas.

Traslademos el análisis, por un instante, hacia un ángulo complementario. En el poema a su hermano Miguel, Vallejo apela a planos complementarios de pretérito y presente, e interpone la figura de la madre por medio de expresiones en uso en los días infantiles; pero, al asociar la muerte del hermano con el juego de las escondidas, el aquí y el allá se tiñen, quizá si por extensión de los extremos pasado-presente, de una cualidad mixta: visible invisible, que afecta al cuadro familiar cuando el poeta ruega a Miguel que, ya que no revela su escondite, no tarde en salir y finalice el juego, porque Puede inquietarse mamá… (p. 98). La ecuación: escondite = muerte bosqueja un vínculo entre no presencia: como estar muerto, estar muriendo, y de ese modo entrevemos que, el faltar en el bullicio de la vida hogareña, afecta tanto al estado de los que se quedan como de los que se fueron.

La ausencia es un vértice entre el espacio y el tiempo. Quizá si por ello el corazón del poeta volvía a pie a la casa paterna; quizá si por ello solicita al hermano que no tarde en abandonar el escondite. Parecía que, por la misma razón, en “Enereida” (p.99), el verso: ¡hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale! Marca el deslinde entre las representaciones de realidad irrealidad y vidamuerte.

En la visión de Heraldos, este ambiente de intimidad acompaña al padre aun después de fallecido: Padre, aún sigue todo despertando;/ es enero que canta, es tu amor/ que resonando va en la Eternidad./ aún reirás de tus pequeñuelos,/ y habrá bulla triunfal en los Vacíos. (p.100)

Con esa soltura vallejiana para cosificar las impresiones –recuérdese, verbigracia, ¡Una emoción de ayuno encadenada!; El pan nuestro – (p.69), afirma la supervivencia del vínculo familiar gracias al colorido de un lenguaje doméstico: Aún será año nuevo. Habrá empanadas; / Y yo tendré hambre, cuando toque a misa… (p.76); de modo que los objetos que evocan el ambiente saltan en relieve, y su presencia prueba que la afinidad familiar es rescatada, juntamente con el sabor del mundo casero, en una versión unánime. 

Las correspondencias discernibles en otros pasajes del libro entre alegría y dolor, vida y muerte, se ajustan también al mundo del hogar, interpretándose, condicionándose, repitiendo la dialéctica características de este poeta. Sin embargo, hay un aspecto en el que el mundo del hogar y la adhesión a los padres, al hermano, a la memoria de la infancia, a los bienes ligados a ese período vital y emotivo, parece que se distinguen con un signo de excepción frente a los valores concurrentes en la obra.

El círculo de la casa paterna y los elementos adheridos a ese núcleo dan la impresión, a primera vista, de ser el más firme punto de referencia al que se acoge el poeta cuando sucumben, por su irreductible mudanza y carácter conflictivo, las experiencias del amor a la mujer, las relaciones con Dios o las relaciones con los otros hombres. Cuando el poeta, es decir, el hombre como personaje de esta poesía, admite la irreversible crisis de los valores que se frustran y frustran la experiencia humana; la memoria y la actualización de la infancia y del hogar surgen como refugio que conserva en su genuina pureza la autenticidad de un amar, de un estar cerca de Dios, de un fraterno convivir con el prójimo: relaciones –obsérvese inaccesibles para el adulto en la ciudad lejana. La infancia, el hogar, la visión del pueblo renacen alumbrados por la impronta emocional, por la atormentada búsqueda de calor fraterno y esencias permanentes. Desde el pasado, o hacia el pasado, desafiando la lógica de los hechos, siente el poeta que reaparece el único consuelo que lo alivia en su absoluto desamparo, que lo protege de la definitiva alienación del mundo; siente que, para su estarse confinado por las contradicciones que enturbian la inteligencia de la realidad, y que, destruyéndolo, lo hacen más consciente de estar vivo, perdido, sufriente, privado del hogar y la alegría.

Por esta conciencia de lo que se carece, téngase en cuenta, este tener que insertar el futuro en el pasado y deber reconstruir la realidad actual sobre el patrón de los bienes perdidos, esfumados en el tiempo, señala rotundamente en los Heraldos, lo ilógico del destino y el sentido nihilistas de la proscripción del hombre. Revela en un nivel más hondo del análisis que el poeta, desgajado del grupo familiar por la vida y la realidad, se siente y padece de otro límite que recorta su humanidad virtual. Entendida así, la afición por la familia y la niñez no es un consuelo en el desventurado universo vallejiano; al contrario, es la estancia que nutre su más acre censura, su grito más agudo.

3.2 Estilo poético de Vallejo

En Los heraldos negros, se perciben algunos ecos de la influencia de Darío, así como de Reissig.

Lo más notorios ecos de esta influencia se encuentran en cuadros rurales, aldeanos. Los motivos rurales ostentan gran parte de este libro inicial. Es esta una aldea del Perú, no construida como bambalina para la representación poética sino espontáneamente reflejada. Y son notas auténticas y delicadas las de “Aldeana” (p.59) donde podrá ser medida la métrica, tímida metáfora, usual el motivo pero se siente el sabor de una tarde campesina.

Hay en Vallejo no sólo un gran poeta localista, sino también un gran poeta del hogar, tal como fue considerado en el apartado anterior. La nostalgia por la casona amplia, provinciana, y por la madre, sentidas desde un desfiladero lejano de la vida, sugiere a Vallejo muchos poemas. Mezcla junto a la evocación infantil no abstracciones vagas sino trazos realistas: los cuadros de santos, el poyo de la casa, las empanadas de año nuevo. Su prosaísmo reafirma la ternura y con la evocación en vez de debilitarlas.

Pero el fermento constante en su poesía es el dolor. Ha observado Escobar (1974) al respecto: “Si a la mayoría de nuestros poetas habría que apodarles de “melancólicos”, a Vallejo habría que clasificarle de “doloroso”. El dolor es algo viril, que no excluye la sensualidad y la acción, no se disuelve convirtiéndose en filosofía sistemática, no encuentra un refugio en la religión.”   (p. 236)

Es en la confluencia del dolor y de la vida  –la vida no alterada por las recetas, por los prejuicios, por las teorías– donde nace el acento de Vallejo. Sus poemas dan la sensación de algo empapado a la vez que bullente. Nunca dan la sensación de sequedad, ni de frialdad. La perfección formal y en general toda ausencia anímica son enormes herejías dentro de su estética tácita. El poema parnasiano, el poema civil, el poema épico, el poema festivo, el poema meramente preciosista le son igualmente extraños.

Muchos de los aciertos del verso de Vallejo se encuentran reflejados en la pasión amorosa: Amada, en esta noche tú te has crucificado sobre los dos maderos curvados de mi beso. (p.31)

El carácter romántico de esta poesía está atemperado por el horror al lugar común, por la búsqueda de la expresión inédita, por el afán sintetizador; pero se revela descubriéndose en el sino doloroso que cree tener el poeta.

3.3 El dolor en Vallejo

Capaz de audacias lingüísticas que aún hoy desconciertan, Vallejo fue un crítico de las vanguardias y, en general, de toda la poesía hispanoamericana de su época. Y aunque valoró el carácter revolucionario que el poeta podía alcanzar, como artista y como hombre, consideraba que el camino para lograrlo era uno solo: la autenticidad.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Vallejo, uno de los poetas hispanoamericanos más revolucionarios en su obra, no participó del espíritu extrovertido que llevó a los vanguardistas, en las décadas del 20 y del 30, a exponer sus ideas poéticas en intensos manifiestos. Esas proclamas fueron la bandera de lucha de quienes adhirieron a la causa de la nueva poesía y representaron una invalidación de la estética inmediatamente anterior. Forman, en América Latina, un conjunto bastante amplio de textos: movimientos como el creacionismo, el ultraísmo argentino, el estridentismo, el euforismo, produjeron un número importante de manifiestos. Curiosamente, uno de los libros más decididamente rupturista vio la luz y sufrió, luego, la indiferencia de los lectores y la crítica, sin que su autor hiciera el menor ruido.

El lenguaje es llevado al límite de sus posibilidades, para expresar experiencias límites. Es de notar que esa libertad concedió a su poesía una cuestionable originalidad. Él mismo no dudó en criticarles a los vanguardistas el afán de ser originales, de diferenciarse, actitud que respondía quizás al espíritu competitivo de estas escuelas y su casi incesante multiplicación.

Consideramos que Vallejo no es egocentrista ni telúrico. Es más bien el poeta de la condición humana. El poeta que escribió muriendo. Que, al vivir su propia tragedia, tradujo intuitivamente el drama humano.

Su innata rebeldía y personalidad original tuvo que hallar su propio cauce. El tiempo se encargó de convertirlo en uno de los innovadores contemporáneos de la poesía en idioma español. Si en verdad no hay otro lenguaje que el de la pasión para referirse a Vallejo, todavía no se ha señalado, examinado o meditado lo suficiente sobre su valor real, porque indiscutiblemente es el poeta de la escisión semántica y la ruptura.

Vallejo se siente nacido enfermo, con un hueso en el pecho. Dios es, para él, sólo una palabra que designa distintas orillas, dos linderos que jamás se pueden transgredir: la vida y la muerte.

El dolor es en Vallejo una apertura a la existencia, una forma de conocimiento, que en vez de provocar un repliegue del sujeto sobre sí mismo, una vuelta sobre su universo personal, crea la apertura, es experiencia de la objetividad pero cuya base está en el cuerpo humano. El hombre vallejiano se define por su capacidad de sufrir, y es a través del cuerpo y por el sufrimiento que el hombre tiene una revelación de su materialidad esencial. El cuerpo es, en Vallejo, fundamento de relación con la dialéctica, que tiene de la misma manera, como consecuencia, una particular relación con el lenguaje.

La dialéctica vuelve lúcida la angustia: al tiempo que descubre en la dinámica de los contrarios una ley que le permite entender el mundo, el poeta encuentra otra que lo borra del mundo. Pensar el mundo en sus contradicciones no sólo es difícil sino también tremendamente doloroso en la medida en que para Vallejo pensar dialécticamente es antes que nada: “vivir de su propia muerte”. Efectivamente el dolor y el sufrimiento invierten las relaciones entre la conciencia y la materia, entre el alma y el cuerpo; no hay conciencia posible fuera de este dolor con lo cual el sufrimiento es una manera de conocer la realidad.

De manera que la experiencia del dolor es en Vallejo uno de los elementos que fundan en él la inversión materialista. El hombre vallejiano no puede pensar el mundo a partir de otra cosa que no sea el mundo mismo, y para Vallejo el mundo antes que nada, es el cuerpo. Esa conciencia material, este conocimiento extra poético se inserta en una estructura verbal específica y sujeto a una funcionalidad poética.

La materialidad del ser, la conciencia de lo corpóreo a través del sufrimiento, cobra fuerza en Vallejo por medio de la repetición de términos. El procedimiento anafórico que surge de la obsesión del hombre que sufre, juega un papel unificador que se intensifica a lo largo de su obra, siendo la anáfora uno de los ejes fundamentales de su poesía. Procedimiento ya presente en Trilce y en algunos poemas de Poemas en Prosa, se generaliza y se intensifica en Poemas Humanos.

4. Conclusión: El sentido del dolor

Desde Sófocles, encontramos en sus tragedias, cantos a sufrimientos sin esperanzas. Así se ve la vida allí: un lugar de dolor que sólo puede dar paso a más dolor.

La tradición bíblica, específicamente el libro de Job, no es mucho más optimista. Allí constatamos que el dolor y el sufrimiento, la tristeza y el miedo, son compañeros inevitables de la vida humana. “Precisamente porque Job tiene razón, el hombre ha sentido siempre la tentación de afirmar que toda vida es dolor, que todo lo nuestro se acaba resolviendo en dolor y toda alegría en realidad estaba preñada de él.” (Schopenhauer, 1956, p.56)

La escritura de Vallejo nos muestra circunstancias conducentes a afirmar que el sufrimiento es la estación de llegada donde estamos llamados a permanecer definitivamente, puesto que el fracaso es insuperable. Desde ese punto de vista, más valdría, entonces, resignarse.

Sin embargo, el dolor existe porque somos vivientes. En palabras de  Lewis (1994): “Si tratáramos de excluir el sufrimiento, o la posibilidad del sufrimiento que acarrea el orden natural y la existencia de voluntades libres, descubriríamos que para lograrlo sería preciso suprimir la vida misma.” (p.42)

Recordemos que si hay dolor, hay que ir al médico, a sanar la herida, a buscar remedio: “el dolor es una señal al servicio de la vida ante lo que representa una amenaza para ésta.” (Yepes, 1997, p.95) Frente el dolor hay que buscar la salud, y la salud es la armonía del alma, la armonía psicofísica del yo y su cuerpo. La armonía, al menos en el mundo clásico, era definida como cosmos, orden, belleza. El dolor viene a recordarle al hombre lo limitado de su ser, proyectándose hacia sí mismo, mientras se hinca la atención en la carne dolorida.

Pero actualmente parecería que nos encontramos en medio de una cultura en la que hay que evitar a toda costa el sufrimiento. Y como consecuencia se nos presentan medios técnicos para combatirlos, medios que no siempre puedan llegar a la dimensión moral de ese dolor. Erradicar el dolor es imposible. Sin embargo, amamos la comodidad, la ausencia de dolores, molestias y esfuerzos físicos, más que cualquier otra cosa precisamente porque soportamos mal el sufrimiento.

En una sociedad en la que la categoría máxima de felicidad es el bienestar (que nada te moleste, y que para ello te ahorres las metas arduas y los esfuerzos en general), las razones para afrontar el dolor no existen. Ante él las pocas respuestas que se pueden dar se dirigen a eludir la responsabilidad o la conciencia. Desde este punto de vista, el placer es lo que más se parece a la felicidad hoy en día. Es verdad que todos buscamos la felicidad pero ésta no consiste sólo en el placer.

La felicidad es también la vida buena, la vida lograda. Y para alcanzar este tipo de vida sólo existe un camino: forjarse hábitos encaminados al bien, lo que tradicionalmente llamamos virtudes.  Así pues, la lucha por llegar a practicar y vivir cada virtud en grado heroico es lo que nos hace verdaderamente felices. “La virtud se tiene en orden al bien, y éste es racional, y la razón, a su vez, activa y universal.” (Alvira, 2001, p.77) El sufrimiento no queda excluido mientras luchamos por alcanzar virtudes pero quien emprende ese camino percibe el beneficio obtenido con el sacrificio.

A menudo, la única salida que se ve al dolor es la de dejar de existir. Es decir, ya que se carece de respuesta a la pregunta por el sentido del dolor, lo único que se ve como adecuado es la eliminación del problema (el sujeto que sufre), no sea que nos plantee unas inquietudes ante las cuales no tengamos solución.

Lo primero que necesitamos saber para lidiar con el dolor es aceptarlo: el momento dramático de nuestra existencia. Las culturas de todos los tiempos han sabido asumir como drama este encarar el dolor, y lo han transformado en actitudes, gestos y ritos, adecuados a la gravedad del suceso, que sirven de cauce a la expresión de los sentimientos que en esas situaciones nos embargan. Como, por ejemplo, la exaltación de la valentía y de las formas de conducta adecuadas para vencer el miedo, o el duelo por el daño sufrido, en especial la muerte.

Lo dramático no es lo teatral, sino la expresión cultural o artística del dolor. Sin embargo, expresiones artísticas, por ejemplo la escritura de Vallejo, son dramáticas porque narran y representan situaciones intensamente dolorosas, y las reacciones de los hombres ante ellas. Y es que la realidad es dramática de por sí: la existencia humana transcurre en una tensión entre lo que vemos que deberíamos alcanzar y lo que realmente somos capaces de hacer, traspasada por una sensación de anhelo o de nostalgia por una perfección debida y que, de algún modo, se nos niega. Vivir no es fácil, es un ejercicio que cuesta y de suyo intenso.

Hölderlin decía que quién sabe sobreponerse a un dolor, sube más alto; quien acepta esa situación convierte el hecho doloroso en la tarea de reorganizar la propia vida contando con esa situación nueva que se ha hecho presente dentro de nosotros.

Si asumimos la verdad de la negación que es el sufrimiento, la vencemos. No tomamos lo que de negativo tiene de manera positiva, a fin de tener placer en ello. Si fuera así estaríamos sometidos. Más bien lo asumimos en su negatividad, y aunque nos molesta, pero no permitimos que nos venza, le vencemos nosotros.

Como es bien sabido, amar implica sacrificio, pero es imposible ser feliz sin amar. Nos encontramos, entonces, con la repetición: no hay felicidad sin sufrimiento. Pero el sentido de esa frase es completamente distinta. El amor es la permanente victoria de la vida sobre la muerte, mientras que la pura pasión es la constante victoria de la muerte sobre la vida.

Debemos concluir que el verdadero sentido del dolor y del sufrimiento, cuando se transforma en actitud de aceptación y en una tarea libremente asumida, nos hace más libres respecto de las circunstancias externas, “nos abre los ojos” al verdadero valor e importancia de las cosas. Eso se llama crecer. El verdadero resultado del sufrimiento es un proceso de maduración. “La maduración se basa en que el ser humano alcanza la libertad interior, a pesar de la dependencia exterior.” (Frankl, 1987, p. 255)

El dolor que se presenta en la escritura de Vallejo, pudo realizar en él, en un correcto sentido, una catarsis, una purificación, corporal y espiritual; pudo hacerlo menos dependiente de caprichos, elevarlo por encima de sí mismo, puesto que enseña a distanciarse de sus propios deseos. El sufrimiento, para tener sentido, no puede ser un fin en sí mismo. “Para poder afrontarlo, debo trascenderlo (…) El sufrimiento con plenitud de sentido es el sacrificio.” (Frankl, 1987, p. 258)

Lo que da sentido al dolor es el amor: se aguanta sufrir cuando se ama. Eso no significa buscarlo, gozarse en la queja y en la debilidad, sino sobrellevarlo en aras del ser amado y por la esperanza de alcanzar los bienes anhelados.

5. Biografía 

César Vallejo nació en Santiago de Chuco el 16 de marzo de 1892. Hijo de Francisco de Paula Vallejo y María de los Santos Mendoza. Desde niño conoció la miseria, pero también el calor de hogar, lejos del cual sentía una incurable orfandad. Estudió en la Universidad de Trujillo, ciudad donde recibió el estímulo de “la bohemia” local formada por periodistas, escritores y políticos. Allí publicó sus primeros poemas antes de llegar a Lima a fines de 1917. En esta ciudad aparece su primer libro: Los heraldos negros (impreso en 1918, circula en 1919), uno de los más representativos ejemplos del postmodernismo, tras las huellas de Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig.

En 1920 hace una visita a su pueblo natal, donde se ve envuelto en unos disturbios que lo llevarán a la cárcel por unos tres meses; esta experiencia tendrá una influencia perdurable en su vida y obra, y se refleja de modo muy directo en varios poemas de su siguiente libro: Trilce (1922). Se considera esta obra como un momento fundamental en la renovación del lenguaje poético hispanoamericano, pues en ella Vallejo se aparta de los modelos tradicionales que hasta entonces había seguido, incorporando algunas novedades de la vanguardia y realizando una angustiosa y desconcertante inmersión en los abismos de la condición humana que nunca antes habían sido explorados.

En 1923 parte a París, donde permanecerá (con algunos viajes a Rusia, España y otros países europeos) hasta el fin de sus días. Los años parisinos fueron de extrema pobreza y de intenso sufrimiento físico y moral. Participa con amigos como Huidobro, Gerardo Diego, Juan Larrea y Juan Gris en actividades de sesgo vanguardista, pero pronto abjura de su propio Trilce y hacia 1927 aparece firmemente comprometido con el marxismo y su activismo intelectual y político. Escribe artículos para periódicos y revistas, piezas teatrales, relatos y ensayos de intención propagandística en Rusia en 1931: Reflexiones al pie de Kremlin, por dar un ejemplo.

Inscrito en el Partido Comunista de España (1931) y nombrado corresponsal, sigue de cerca las acciones de la Guerra Civil y escribe su poema más político: España, aparta de mí este cáliz, que aparece en 1939 impreso por soldados del ejército republicano. Toda la obra poética escrita en París, y que Vallejo publicó parcamente en diversas revistas aparecería póstumamente en esa ciudad con el título Poemas humanos (1939). En esta producción es visible su esfuerzo por superar el vacío y el nihilismo de Trilce y por incorporar elementos históricos y de la realidad concreta (peruana, europea, universal) con los que pretende manifestar una apasionada fe en la lucha de los hombres por la justicia y la solidaridad social. Vallejo, tan humanamente cercano en su poesía y tan desaprensivo con los seres que lo amaron, murió el 15 de abril de 1938 en París.

6. Bibliografía

  • Alvira, R. (2001) Filosofía de la vida cotidiana. Madrid: Rialp
  • Escobar, A. (1974) La perspectiva personal en Los heraldos negros. Madrid: Taurus
  • Frankl, V. (1987) El hombre doliente. Barcelona: Herder
  • Lewis, C. (1994) El problema del dolor. Madrid: Rialp
  • Schopenhauer, A. (1956) El mundo como voluntad y representación. Buenos Aires: Ateneo
  • Suplemento El Perfil de Revista Litoral: César Vallejo. No. 76-77-78. Madrid: 1968.
  • Vallejo, C. (1999) Los heraldos negros. Buenos Aires: Editorial Losada S.A.
  • Yepes, R. (1997) La persona y su intimidad. Col. Cuadernos de Anuario Filosófico 48, Universidad de Navarra, Pamplona.

Carmen Cruz

Es originaria de la ciudad de Santa Rosa de Copán, Honduras.
Máster en Gestión de Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar de Guatemala.
Actualmente radicada en la ciudad de Santa Rosa de Copán en donde trabaja como gestora cultural independiente y en un proyecto de emprendimiento propio.
Fue Subdirectora de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño. Presidente del Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa. Jefe de la Unidad de Negocios Editoriales, Hemeroteca y Editora de Turismo e Identidad Nacional para el Grupo OPSA, La Prensa, en San Pedro Sula. Técnico académico administrativo de la Dirección de Posgrados de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. Ha sido profesora titular de la Universidad Rafael Landívar y Universidad del Istmo en las clases de: Introducción a la Literatura; Lenguaje y comunicación; Antropología filosófica y Apreciación de cine.
Perteneció al Comité Internacional de Investigación y Crítica Literaria de Editorial Promesa de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad de la Sabana de Bogotá, Colombia.
Ha dado conferencias y tiene publicaciones en países como México, Chile, Costa Rica, Colombia e Italia.

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