Camino por pueblos que huelen a tierra mojada, a tomates siempre cocidos con sus calles melancólicas que se encuentran siempre al dente. Perugia es la ciudad donde es posible tener dolores y  tristezas escondidas, siempre allí guardadas poniéndose guapas en lo oscuro. Por eso, esa madrugada decidí salir con mis labios pintados de rojo carmesí y con mi vestido de gala.

Y fue así como un día decidí volver a casa. Caminé y mientras lo hacía iba hablando con las sombras a mi paso sobre mis cosas cotidianas. Hablé de amores vividos con el Merendón por escenario, de amores de canciones absurdas, de amores que como cabos de velas encienden nuevas velas. Hablo de las esperanzas que se intuyen en el cielo de primavera madrileña: con la promesa de que la luna volverá a salir, con mi cartera llena de flores y proyectos.

Hablo de mis dolores físicos, de las enfermedades que me arrebatan la paz, de los clavos que se meten en mis articulaciones. Hablo de la melancolía, de las sensaciones de que los días tristes nunca acabarán, de la soledad, del record de tiempo que llevo pensándolo a él disimuladamente. Vivir desde el principio ha sido y será sinónimo de separación y renuncia. Ahora, mi corazón percibe la congoja de otra posible separación. Pero la esperanza me vuelve a gemir en el oído y me vuelvo a decir a mí misma que falta mucho para que todo acabe, que el signo será cuando la lluvia deje de ser un milagro en sus poros. Hablo de vivir en la península, un país grande y misterioso poblado por muchas arañas, salamandras y espíritus que olvidaron sonreír.

Hablo de los dolores que laten, vibran, agitan y tienen nombre específico. Estoy hablando de los dolores de vientre que suben hasta la garganta.

Por eso debo volver a mis montañas porque sólo allí puedo ser fuerte, debo volver a sus curvas eternas, a sus abismos. Debo volver porque allí siempre encuentro por las mañanas unas manos que me dicen qué es lo que ocurre, porque en esa casa están los trapos calientes que añoro en los inviernos, porque en las multitudes del cielo que lo cubre habita la persona que más extraño.

Carmen Cruz

Es originaria de la ciudad de Santa Rosa de Copán, Honduras.
Máster en Gestión de Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar de Guatemala.
Actualmente radicada en la ciudad de Santa Rosa de Copán en donde trabaja como gestora cultural independiente y en un proyecto de emprendimiento propio.
Fue Subdirectora de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño. Presidente del Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa. Jefe de la Unidad de Negocios Editoriales, Hemeroteca y Editora de Turismo e Identidad Nacional para el Grupo OPSA, La Prensa, en San Pedro Sula. Técnico académico administrativo de la Dirección de Posgrados de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. Ha sido profesora titular de la Universidad Rafael Landívar y Universidad del Istmo en las clases de: Introducción a la Literatura; Lenguaje y comunicación; Antropología filosófica y Apreciación de cine.
Perteneció al Comité Internacional de Investigación y Crítica Literaria de Editorial Promesa de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad de la Sabana de Bogotá, Colombia.
Ha dado conferencias y tiene publicaciones en países como México, Chile, Costa Rica, Colombia e Italia.

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