Publicado en las Actas del IV Encuentro Mesoamericano “Escritura – Cultura” pp. 174 – 207. Editorial Promesa, Costa Rica. 2010.

“La poesía es un compromiso vital inclaudicable y no tan sólo expresión literaria. Por eso, ante el generalizado concepto de que los versos son fruto de los sentimientos, se advierte que son experiencia, un acto intransferible que se inicia en la sangre misma de cada uno y que obedece a una ley propia…”
Delia Arrizabalaga

I. Abstract
Clementina Suárez (1902-1991) nombre fundamental y pieza clave en la literatura de vanguardia de Honduras.
El presente trabajo recorre una selección de poemas de su obra El poeta y sus señales. Antología (1969) con el fin de acercarnos a su estilo poético, para indagar en algunos de los temas más importantes presentes en su poesía: el valor de la vida cotidiana; el trabajo y el ocio; la vocación artística literaria; su vocación como mujer y el amor.
Seguramente ninguno de estos temas es nuevo. Lo importante en ella es el fin de su quehacer literario a lo largo de su vida, el cual lo comprendió como un taller en el que ella se construyó como la mujer que era. Una mujer que se observó como individuo, practicó, reparó, estudió y edificó su propio yo: tal como hace su trabajo un obrero en un taller. La poesía es para Clementina el lugar donde desarrolla estrategias de sobrevivencia, es el lugar donde cobraba fuerzas para existir.

II. Nota biográfica de Clementina Suárez

“La vida humana consiste en preguntarse cada uno por sí mismo, e irle dando una significación al nombre propio que cada uno de nosotros tiene: esa es nuestra biografía.”
Julián Marías

Clementina Suárez nació en el departamento de Olancho, Honduras, en el año de 1902 y murió trágicamente en Tegucigalpa en 1991. Exponente de primer orden de la poesía amorosa y de crítica social.
Su obra: Corazón sangrante, Tegucigalpa (1930); De mis sábados el último, México (1931); Los templos de fuego, México (1931); Engranajes, poemitas en prosa y verso, Costa Rica (1935); Veleros, 38 poemas, La Habana, Cuba (1937); De la desilusión a la esperanza, Tegucigalpa (1944); Creciendo con la hierba, El Salvador (1957); Canto a la encontrada patria y su héroe, Tegucigalpa (1958); El poeta y sus señales, antología, Tegucigalpa (1969); Clementina Suárez: selección de críticas, comentarios, pinturas y dibujos, Tegucigalpa (1969); Con mis versos saludo a las generaciones futuras, Tegucigalpa (1988).
En el año de 1970 ganó el Premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa”. Fundó las revistas Mujer y Prisma (en Honduras); Engranajes (ésta última en Costa Rica).
El poeta hondureño Roberto Sosa tuvo el honor de hacer la última entrevista a Clementina Suárez en diciembre de 1991. Ella logró ejercer el oficio de poeta con suficiente propiedad y trascendencia. Si hubiera una sola frase para extraer su dilatada trayectoria vital, yo propondría: intensidad hasta la última gota de luz que fuera posible. Por eso, Clementina le ha profesado al tiempo la más legítima de las lealtades: la autenticidad.

Historia de mis encuentros y desencuentros con Clementina Suárez
Recuerdo ese día de diciembre de 1991 cuando le dieron muerte a Clementina Suárez. Yo tenía 8 años. A la hora del almuerzo mi papá solía sintonizar la radio y escuchábamos el noticiero de Radio América de Honduras. En la noticia de última hora anunciaron el trágico fallecimiento de Clementina Suárez. Para entonces, lo único que yo sabía sobre Clementina era que su nombre aparecía en la portada de algunos libros y revistas; por un poema que leí en el libro de español de la escuela primaria y porque más de una vez escuché a mis padres y tíos que hablaban sobre una norteamericana llamada Janet Gold que estaba escribiendo su biografía.

Recuerdo casi completamente la narración de la noticia que hizo el periodista sobre la cruel forma como la asesinaron en su propia casa en un barrio céntrico de Tegucigalpa. Pocas veces ponía atención a lo que decían en la radio, pero esa vez no me distraje con mis hermanos ni con la comida. No quiero reproducir aquí lo que recuerdo porque basta con que afirme que aquello sonaba más bien a una de las narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe y las singulares muertes que da a sus personajes. Me es difícil traer a la memoria los comentarios de mis padres ante la noticia, pero definitivamente hubo algo que me conmovió con la muerte de esa mujer. Después de la comida busqué el libro donde aparecía un poema de ella, yo sabía que su nombre estaba debajo de un fragmento de poema. Ahora sé que ese fragmento es del poema Explicaciones:

…Mi sabiduría
es la fragancia
de la rosa de mi ignorancia.
Mi ciencia
es la ciencia del lirio:
vivir,
perfumar,
lucir,
amar
las piedras, las aves,
el cielo azul,
nido magnífico
de las pálidas constelaciones miríficas…

(Suárez, 1969, pp. 5-6)

No comprendí en ese momento lo que este poema dice. Sólo me dejé llevar por la música que producía.
Muchos años después, cuando tenía que decidir mi tema de investigación de tesis para optar al título de grado, estando en Guatemala, pensé en analizar una selección de poemas de Clementina. El encuentro con su poesía fue difícil de asimilar por las circunstancias personales que estaba viviendo. Sus versos en esos momentos fueron incisivos, mordientes y opté por no enfrentarme con ella. Quiero citar los siguientes poemas como ejemplo de su lucidez literaria que va directo a las vivencias humanas:

Sin residencia
Voy,
vengo,
y luego pienso.

Que lo mismo
aquí que allá,
no hay
un lugar conseguido. Que aquí,
como allá
soy lo que
las gentes llaman
un extranjero.

Y como un extranjero
iré y vendré.
Hasta que aquí
como allá,
ni yo
ni nadie lo sea.

(Suárez, 1969, p. 107)

Otro poema a mi madre
Madre:
A horas apenas de morir
tu casa ya no era mi casa.
Sentada en la puerta
miraba para adentro,
donde la pena empezaba a mancharlo todo
y el miedo me hacía señas desde lo oscuro.
Anduve descalza, para no despertarte
y retrasar tu viaje.
Me vestí de infancia para recorrer
más rápidos todos tus pasos.
Eché para atrás los años
para comerme el pan desde tus manos,
como un animal herido titirité de frío.
¡Ay! Me dije; dónde podré ahora
dejar caer mi cabeza pesada de sueños…

(Suárez, 1969, p.29)

Sin embargo, escribir sobre esta gran mujer siempre me ha resultado un reto personal que no quería abandonar y por esa razón, durante los primeros seis meses de 2008 me reencontré con Clementina, me dediqué a indagar en sus palabras y empecé a escribir estas páginas con la intención de presentar este trabajo en el marco del III Encuentro Mesoamericano Escritura – Cultura en San José de Costa Rica en el mes de noviembre. Lamentablemente, para mí, esto volvió a quedar sólo como un proyecto a futuro por razones personales de estudios de posgrado. Ahora la vida me permite, finalmente, dialogar desde la crítica literaria con ella.

Por estos encuentros y desencuentros que he tenido con su poesía, esta vez, trataré de analizar una de las razones de su quehacer literario, el cual me atrevo a afirmar que lo comprendió como un taller de vida en donde se construyó como la mujer que es. La poesía es el lugar donde pudo estar con ella misma, se observó como individuo, cobró fuerzas para existir, desarrolló estrategias de sobrevivencia, en suma, edificó su propio yo.

Madrid, mayo de 2009

III. El valor de la vida cotidiana en la poesía de Clementina Suárez
…Que vivir es seguir viviendo,
buscarse minuto a minuto,
hasta encontrar la voz servidora
que nos permita dar el mensaje
de lo verdaderamente eterno…

(Suárez, 1969, p.24)

¿Es la vida cotidiana una repetición de lo igual y de actos análogos? Desde cualquier punto de vista podemos afirmar que no es así, y desde la lectura de la poesía de Clementina confirmamos también que los espacios cotidianos son más bien nuestra posibilidad de mostrar nuestro grado de humanidad. Quiero empezar estas reflexiones con un tema recurrente en la poesía de Clementina, que llama particularmente mi atención, y es que en sus versos deja ver que ella encontró la sustancia de la vida en ese universo de pequeñas cosas que se esconden en la vida cotidiana. Lo cotidiano en ella parece que no es un concepto que se puede definir como una simple sucesión de los días, para ella, la vida cotidiana encierra lo más extraordinario de la existencia porque los seres humanos estamos en continua construcción. Gracias a que somos seres humanos libres, tenemos la posibilidad de elegir en ser más o menos humanos “… y esa humanización se construye en el día a día, con el que llega a formar una sola sustancia…” (Alvira, 2001, p.10)

A través de los años, la historia misma sólo nos ha contado lo extraordinario, lo memorable o digno de recordarse: lo que pasa a personajes egregios, los grandes sucesos como batallas o revoluciones; o lo insólito. Hemos tardado siglos en ver que la vida cotidiana es mucho más interesante de lo que sospechamos. Los aspectos de las cosas que son más importantes – anotó por su parte Wittgenstein – nos están ocultos por su simplicidad y familiaridad. Muchas veces somos incapaces de advertir algo porque lo tenemos siempre delante de los ojos.

Clementina se da cuenta muy temprano de la importancia de “lo común” y hace uso de las cosas mismas que le rodean. Estos son sus instrumentos de trabajo, que luego los transforma con sus manos y fabrica la interminable variedad de versos, que en suma constituyen su artificio poético.

Lo importante de trabajar y crear obras artísticas, es que el hacedor (la poeta en este caso) toma el material: las vivencias y experiencias de vida, cuando las toma son ya un producto de la reflexión. Las palabras han salido de su lugar natural – el abecedario, el entorno cultural en el que les ha tocado vivir – y las transforma a su manera, dándoles su sello personal:

…He absorbido, he olfateado, he gritado,
vivir, vivir, vivir.
Como si despertara una y otra vez
y fuera abeja laboriosa
que libara su miel astral.
Alba que cuajara aquí en el pecho,
armero que trabajara día y noche
su cumplida labor…

(Suárez, 1969, p.11)

Todos hemos absorbido, olfateado y gritado no una sino permanentemente. Pero gracias al ingenio de poetas como Clementina, absorber, olfatear o gritar toman un carácter más duradero, se logra la permanencia a lo largo del tiempo. El vivir, vivir, vivir de Clementina ha conseguido una representación especial. En ningún otro sitio aparecía ante nuestros ojos con tanta pureza y claridad el carácter duradero de las cosas que nos rodean, en ningún otro sitio, por lo tanto, habíamos valorado este mundo de cosas de modo tan espectacular como es nuestro hogar, lo de siempre, el afán del trabajo diario. Clementina logra estabilidad interior en su diario quehacer y las hace transparentes en su poesía. Sus experiencias de vida han pasado a ser tangiblemente presentes para brillar y ser vistas, para resonar y ser oídas, para hablar y ser leídas:

Me salí de mi vestido
y fui a dar con mi cuerpo,
y pude comprobar entonces
el valor de mis pies, mis manos, mis piernas,
mi estómago, mi sexo, mis ojos y mi cara.

Supe del deleite que cada uno de ellos me ha dado
y me he dicho de improviso:
Qué contorno mágico el de mi costado
qué antiguos y nuevos ecos en el hilo de mis venas,
qué voz en la garganta,
qué sílaba impronunciable en el labio,
y qué sed detenida en la garganta!

Apresuradamente he salido por la puerta
disparada a caminar,
a tocar el suelo con mis pies,
a lanzar flechas encendidas por los ojos,
a devorar paisajes,
a enredar mis manos en jeroglíficos de relámpagos,
a dejar detenida aquí en mi sexo
– árbol fructificado –
el aroma de la vida…

(Suárez, 1969, p.11)

En una de las cartas de Rilke al joven poeta le recuerda que sus escritos siempre deben estar encaminados hacia aquello que su cotidianidad le ofrece. Se debe aprender a expresar las tristezas y deseos, los pensamientos pasajeros y la fe en alguna forma de belleza. Hablar de todo con la más honda, íntima y humilde sinceridad, utilizando para expresarse las cosas del entorno, las imágenes de los sueños y los objetos de los recuerdos. Si la vida diaria parece pobre, no hay que culparla, sino culparse a uno mismo, por no ser lo suficientemente observador como para hacer uso de sus riquezas. Oscar Wilde (2000, p. 12) también pensaba que en el mundo en sí mismo se encuentran las obras más espectaculares que provienen de la vida cotidiana.

IV. Trabajo y ocio: un taller de vida
Clementina hace de la poesía su lugar para habitar, es su casa. Ella trabajaba para habitar y no al contrario, si hubiese habitado como consecuencia de que trabajaba entonces su trabajo hubiera carecido de sentido, hubiese perdido interioridad. El hombre se constituye humanamente en función de las relaciones que establece con los demás y con la realidad. Los esclavos del trabajo más bien se aíslan de los demás y de la realidad en general.
Quiero hacer mención de algunos hechos históricos con el fin de ilustrar una deformación del concepto de trabajo que se ha dado en los últimos tiempos, para finalmente tocar el tema de la vocación, del quehacer literario, y la responsabilidad del escritor, temas que aquí nos interesan.

Como sabemos, la industrialización a fines del siglo XVIII supone una profunda alteración de las condiciones del trabajo, de los talleres de familias, de los antiguos gremios. Desde entonces, el trabajo se considera la categoría fundamental, y no se consideran como trabajo, incluso quedan en la periferia de la atención, conceptos como el de “esfuerzo”, “atención”, “esmero”, “estudio.”

En la industrialización se entendía como trabajo sólo el que se realizaba en fábricas y talleres colectivos, sucios, ruidosos y con largas jornadas. Aparece entonces el concepto de “proletariado”, que son todos los seres humanos que trabajaban en estos lugares y residían en suburbios en condiciones penosas y desagradables.
Por estas razones, empezó a predominar el concepto de trabajo como la producción de bienes económicos o la prestación de servicios en forma retribuida mediante salario. Trabajador es el trabajador asalariado. El obrero, el hombre, se va a trabajar a un taller colectivo, a una fábrica, y la mujer se queda en casa.

La mujer que se va a trabajar como un obrero más es la que trabaja, la que se queda en casa no trabaja. La palabra “trabajador” se aplica crecientemente al obrero industrial, y se piensa que todo lo demás no es trabajo.
Trabajan las mujeres que están en un taller, o las que trabajan en un lugar que no es el suyo. Trabaja la criada; la señora, no. O la cocinera de un restaurante; o la mujer de la limpieza en una oficina. Pero no la que hace lo mismo en su casa.

No quiero entrar propiamente en el tema de la mujer y su mundo laboral profesional. A lo que quiero llegar es que cuando hablamos de trabajo a partir del siglo XVIII entran todos los conceptos descritos anteriormente, y todo lo demás parece que es “ocio”. Y es que ¿todo lo que no es “trabajo” es “ocio”? Quiero decir ocio entendido negativamente, como inactividad, no como lo entendían los latinos o los griegos. En latín, el “otium” es lo superior, lo más importante y estimable. La filosofía y la ciencia, dice Aristóteles, nacieron cuando los hombres tuvieron “skholé” (de donde viene “escuela”), ocio en ese sentido positivo, es decir, cuando no estuvieron oprimidos por la necesidad de satisfacer las necesidades elementales. “Holgura” es una excelente palabra española. Cuando tuvieron holgura para hacer algo que no fuera simplemente subsistir.

Confirmamos de nuevo: trabajamos para vivir, para habitar, y el criterio del salario no puede ser el elemento para juzgar sobre el trabajo. Se considera trabajador al redactor de un periódico que percibe un sueldo a fin de mes, o al profesor, o al músico de una orquesta, o al abogado de una empresa; pero no está claro para el escritor, el investigador, el pintor, el compositor o el solista que toca la flauta o el violín. El salario tendrá toda la importancia económica que se quiera, pero es extrínseco al trabajo, no se puede definir este por aquel.

“No tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de la toda la humanidad…” (Escrivá, 2001, p.112)

Hay algunas profesiones que parecen merecer una absorción muy alta, pero cuesta trabajo llamarlas profesiones, son más bien vocaciones: el artista, el escritor, el pensador, el investigador, el religioso; el creador, en suma. Y no se olvide que lo más parecido a la “creación” de que es capaz la humanidad es la formación de personas, que es justamente lo que hace la mujer cuando la maternidad es en ella vocación absorbente en la cual interviene su realidad total. Volveré a este tema específico de la vocación de la mujer más adelante.

V. Vocación, quehacer artístico literario y responsabilidad del escritor
…El arte mío
tiene sus raíces
en la undívaga inquietud
de mi débil ser
y florece versos
con el rojo de los besos,
pompas cristalinas,
fuentes de la vida…

(Suárez, 1969, p.6)

Unido al tema de la vida cotidiana está el del trabajo y con ello, también, el tema de la vocación. Cuando hablamos de la vocación hablamos de una entrega total de sí, fundada en el amor a lo que se hace. Las vocaciones requieren que se les cultiven para obtener buenos frutos. Por sí solas no se manifiestan. Por el contrario, es necesario poner en práctica un sinfín de virtudes. Perseverar en lo que hacemos significa poner especial empeño en nuestra ocupación habitual. La visión de Clementina al respecto quedó plasmada en el siguiente poema:

Si comienzas a escribir un poema
piensa de antemano en quién lo leerá.
Pues una rima es solamente una rima
cuando alguien la comprende y sobrevive
ante todo y sobre todos,
escapando de las mediocridades
que exaltan la petulancia y la palabrería.

El poema no es necesariamente tal como es
sino como debe ser en su aliento de justicia.
Una palabra es suficiente para amar la esperanza
y hablar de ella tiene más importancia
que el más bello pero intrascendente poema.

(Suárez, 1969, p. 125)

Clementina, la artista, la creadora, la escritora, fue creciendo despacio “como lo hace el árbol, que no apresura su savia y que resiste, confiado, las tormentas de primavera, sin angustiarse por la posibilidad de no llegar al próximo verano. Y el verano llega, pero sólo para quienes tienen paciencia y viven despreocupados y tranquilos, como si ante ellos se extendiese la eternidad. Lo aprendo cotidianamente; lo aprendo en medio de sufrimientos a los cuales agradezco: la paciencia lo es todo.” (Rilke, 2004, p.66)

En una de las entrevistas que realizó el poeta hondureño Roberto Sosa a Clementina, ella expresó lo siguiente sobre la vocación artística literaria: “Hay un mundo aparte en el que se ahoga toda vocación cuando la tiene. La literatura como vocación es disciplina, renunciamiento a muchas cosas y sobre todo a las comodidades. No es una carrera que se pueda tomar como distracción.” (Revista Prisma, año 6 -28-1992, p. 20)

Siempre han llamado mi atención los artistas que trabajan con hierro y madera en sus talleres, pero parece que con el frenesí de la vida actual están desapareciendo los trabajos minuciosos y pacientes de las manos. En el discurso que dictó Azorín al ingresar a la Real Academia Española el 26 de octubre de 1924, afirmó que la tradición de padres a hijos había ido formando estos oficios y creando lentamente las prácticas, recursos y secretos con que se dominaba la materia. Y estas excelencias de los modestos obreros, este ambiente tradicional, este fervor en el trabajo, era lo que él como espectador en un taller, deseaba para el artista literario.

Tal como lo expresó Clementina, la obra del literato deber ser perseverancia, amor y servicio. El deseo de escribir para contribuir al bien de los demás hombres es y debe ser un rasgo fundamental del oficio literario.
Sócrates pensaba que el elemento fundamental de un creador es tener siempre capacidad de asombro por lo que nos rodea y más honroso aún el hecho de no perder nunca esa capacidad de asombro por la propia existencia humana, del quehacer corriente y ordinario de la vida. Se trata de cultivar virtudes, la mirada, “aprender a mirar, a contemplar con pausa, con morosidad, a examinar con atención en primer lugar la propia vida…” (Nubiola, 2002, p.23)

Clementina es de las primeras poetas hondureñas que educó su mirada, aprendió de sí misma y sobre todo de la observación minuciosa de las actitudes de las personas, esto lo podemos confirmar continuamente en la temática presente en su poesía:

…Me he visto nacer, crecer, sin ruido,
sin ramas que duelan como brazos,
sutil, callada, sin palabra para herir,
ni vientre que rebalse de peces…

…Creadora de lo eterno
dentro de mí fuera de mí,
para encontrar mi universo.
Aprendí, llegué, entré,
con adquirida plena conciencia
de que el poeta que va solo
no es mas que un muerto, un desterrado,
un Arcángel arrodillado que oculta su rostro,
una mano que deja caer su estrella
y que se niega a sí mismo, a los suyos,
su adquirido o supuesto linaje.

De esta ciega y absurda muerte o vida,
ha nacido mi mundo,
mi poema y mi nombre.
Por eso hablo del hombre sin descanso,
del hombre y su esperanza.

(Suárez, 1969, pp. 31-32)

Aprender no siempre es un proceso en el que logramos dominio de una técnica o un asunto mecánico como nadar, patinar, manejar un carro. Aprender a la vez significa un crecimiento personal, un autoconocimiento o maduración de nuestra personalidad. Se trata también de aprender a tener dominio sobre uno mismo, sobre nuestras debilidades personales. Conocer nuestros defectos podría ayudarnos a tratar con afecto a los demás, a desarrollar la capacidad de escuchar y comprender sus opiniones. “El reconocimiento de las limitaciones personales se torna así la forma mejor de comenzar a superar esos condicionamientos propios y a comprender y convivir con las limitaciones de los demás…” (Nubiola, 2002, p.25)

El gran privilegio del ser humano es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Amar a los demás y lo que hacemos. Así volvemos al punto de inicio de este apartado: las vocaciones implican una entrega total de sí fundada en el amor a lo que se hace, al trabajo que realizamos en nuestro diario vivir. Desde esta dimensión y perspectiva el trabajo –de cualquier tipo pero en este caso hablamos específicamente del trabajo artístico literario– se convierte en una actividad profundamente humana; es una actividad en la que el hombre manifiesta su ser personal en la medida en que deja su huella en aquello que realiza.

“Aquello que hace del trabajo la actividad más propiamente humana, es que en él la razón teórica, que busca la verdad, se continúa en la razón práctica, introduce la verdad en el mundo material y en las relaciones con los demás: la persona manifiesta su intimidad, aporta y hace de su vida un don.” (Corazón, 2007, p. 11)
Si en épocas anteriores el trabajo era lo propio de los esclavos y en la época moderna se constituye en un fin en sí mismo, desde la antropología trascendental la visión es bien distinta y enriquecedora. Por ser la actividad más propiamente humana, en él se reúnen todas las dimensiones de la persona. El sentido del trabajo no puede separarse del sentido de la vida humana. Esa es su grandeza.

Las dos dimensiones que acompañan a la acción humana y que inciden en el trabajo: “praxis” (dimensión subjetiva) y “poiesis” (dimensión objetiva), el trabajo manifiesta la superioridad y trascendencia del ser humano sobre la naturaleza. Al mismo tiempo, el trabajo se presenta como un medio eficacísimo para vivir la solidaridad con los demás y eleva la naturaleza a un fin más alto, en la medida en que a través del trabajo se conforma toda acción social, todo acto de relación comunitaria, en referencia a la donación personal; esto es, en referencia a la donación personal como dar y aceptar: como dar aceptando y como aceptar dándome.

La solidaridad, la actuación de dar-aceptar, sólo puede formarse en la persona si se ejerce en continuidad existencial y respecto de toda relación social. Y aquí es donde las dos dimensiones del trabajo cobran fuerza. Donde la consideración social del trabajo adquiere tanto protagonismo. Efectivamente, como actos dispersos, por intensos y valiosos que sean objetivamente, poco o muy poco contribuirán a la formación de la persona para una sociedad solidaria; o se forman hábitos idóneos mediante la donación de sentido a las acciones de relación social, o no se educa fehacientemente en la solidaridad. Aquí es donde gracias al trabajo el hombre puede transformar la naturaleza en un don que ofrecer a los demás.

En la poesía de Clementina estas ideas de trabajar por los demás y a la vez el sentido de responsabilidad frente a su país se manifiesta de la siguiente manera en su poema Combate:

Yo soy un poeta
un ejército de poetas.
Y hoy quiero escribir un poema,
un poema silbatos
un poema fusiles.
Para pegarlos en las puertas,
en la celda de las prisiones
en los muros de las escuelas.
Hoy quiero construir y destruir,
levantar en andamios la esperanza.
Despertar al niño
arcángel de las espadas,
ser relámpago, trueno,
con estatura de héroe
para talar, arrasar,
las podridas raíces de mi pueblo.

(Suárez, 1969, p.119)

y en Con mis versos saludo a las generaciones futuras:

Sola,
por dejar un camino
y amojonar otros caminos,
con terrones de pueblo construí mi país.

Detrás de mí quizá quedarán muchas lágrimas vertidas
pero con ellas fue que alimenté la esperanza.
Las puertas
para mí estuvieron herméticamente cerradas
pero la sabiduría de mi dolor supo andar y andar
hasta encontrar el auténtico sendero.

Cuesta vislumbrar la verdad
y el camino recto de la justicia.

Ahora,
a cualquier lugar que llegue
ya nunca puedo estar sola,
porque no comienzo en la sangre de mis descendientes
sino que termino en ella.

Que lejana la soledad de mi Patria y mi sangre!
hoy mi pequeñísimo cuerpo empuja las estrellas
y con mis versos saludo a las generaciones futuras.

(Suárez, 1969, p.131)

Así pues, Clementina se realizó como la mujer y poeta que fue en la medida en que puso cada uno de sus talentos y capacidades –más aún, de ponerse a sí misma– al servicio de otros, y no colocándose a sí misma como fin sin pretender nada más que su propia realización. Cito nuevamente una de las entrevistas que Roberto Sosa hizo a Clementina:
“La poesía es la única auténtica expresión de todo mi ser. Además me ha servido para revelarme, para dar mi limpio testimonio de la época que estoy viviendo para tener un mundo interior que constituya mi mayor fortaleza.” “Cada día el poeta encuentra nuevas formas de expresión. Pero el lenguaje poético de nada sirve si no se tiene qué decir.” “La poesía es una magia que puede huir si no se utiliza, creo que mi poesía se ha humanizado cada día más y siento como propio el drama de mi pueblo, de los pueblos.”

VI. A manera de conclusión: la vocación femenina
…El mundo es Los Mil y Un Misterios
etéreos,
sutiles,
divinos,
que requieren ojos femeninos…

(Suárez, 1969, p.5)

La forma personal de la mujer empieza por su propio cuerpo. La manera de estar y proyectarse se diferencia en él. El hombre y la mujer son distintos en todo, porque hasta los elementos que parecen “iguales” –y no lo son– funcionan en un contexto diferente y adquieren distinta función y diverso significado. Y sólo en la medida que somos capaces de reconocer esto, descubrimos la profunda y radical vinculación del hombre y la mujer, mucho más honda que toda semejanza o diferencia.

Si el objetivo fuera encontrar diferencias no tendríamos que buscarlas en una diversa calidad intelectual o moral. Las mujeres afirman consciente y decididamente la diversidad en lo que les es propio: “si la emancipación fuera tan sólo una asimilación de la mujer al varón, sería algo demasiado insípido y constituiría un empobrecimiento para el mundo. La vida perdería luz y calor, la convivencia perdería su especial atractivo. Hay que intentar algo mucho más valioso, más provechoso, pero también más difícil: encontrar la gran riqueza interior de la mujer”, así es como lo expresa Jutta Burgraff (1994, p.27). Si se trata, pues, de emancipar ataduras exteriores, este ejercicio debería servirnos para desarrollar por completo la vocación y el carisma propio de las mujeres.

Uno de los factores a resaltar que caracteriza el carisma de las mujeres es el hecho de anunciar en cada uno de sus miembros o facciones lo que son. Éstos hacen alusiones permanentes a su condición femenina, y por esa razón las mujeres dependen más de su propio cuerpo, están más inmediatamente condicionadas por él que los hombres. “La persona como tal se manifiesta y “resume”, si vale la expresión, en la cara, y por eso un retrato es en la mayoría de los casos la imagen del rostro. Finalmente, porque es el rostro el sujeto primario, aunque no exclusivo, de lo que llamamos belleza en la mujer.” (Marías, 1980, p.146)

El lugar donde se origina, se descubre y se vive lo bello es en el cuerpo humano. Abstraemos goces estéticos y los vivimos en él. Sin embargo, por otro lado, y mucho más importante, está el alma con sus formas de vida, con sus proyectos y sus contenidos. Desde esa unión de alma y cuerpo que alimentan las formas de vida y sus proyectos, desde allí se puede encontrar la conexión entre la belleza y el arte. El arte literario, entre otras manifestaciones artísticas, cumple con una función comunicativa, semántica, que denuncia intenciones nuestras.
Clementina Suárez, con su cuerpo, con su cara, con todo su ser expresó a través de la poesía su propia intimidad, ejerciendo así con su pura presencia una función comunicativa. Su cuerpo cumplió con esa función expresiva de proyecto vital, con su mera presencia física se podía leer las líneas generales de su biografía y como afirma el filósofo español Julián Marías: “el cuerpo y el rostro nos revelan súbitamente la estructura genérica de las almas de un tiempo o de un grupo social.” (1980, p.147) Ella misma es la representación de un espacio donde refugiarse. Es el espacio forjador de vida, de amor, de sabiduría. Es un “adentro” pero abierto; en ella se puede entrar, permanecer y salir. Así, todo espacio habitable es el reflejo de lo femenino por naturaleza pues transmite seguridad y crea atmósferas en las cuales quienes la rodean se sienten a gusto, la mujer hace de cualquier lugar un sitio habitable:

…Sabio de lo inútil
entierra tus ansias
en mis suavidades.
Pégate a mi cuerpo,
sé leño aromado
aumentado el fuego,
llama de topacios,
de mi ser de lirios…
(Suárez, 1929, p.7)

Otro factor natural a la vocación femenina es el de la maternidad. Clementina experimentó la maternidad física, sin embargo, su poesía muchas veces habla también de una maternidad que tiene una dimensión espiritual. Eso se expresa a través de una actitud básica, que corresponde a la estructura física de la mujer y se ve fomentada por ésta. Así como durante el embarazo la mujer experimenta una cercanía única hacia el nuevo ser, así también su naturaleza favorece los contactos espontáneos con otras personas de su alrededor.
La experiencia de la maternidad espiritual se traduce en una delicada sensibilidad frente a las necesidades y requerimientos de los demás, en la capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores y de comprenderlos. En suma, se describe una especial capacidad por mostrar el amor de forma concreta. También esto lo hemos visto en Clementina en esa forma de preocupación por su patria, por la solidaridad que muestra hacia las futuras generaciones de su país. Los siguientes versos son ejemplo de su experiencia como madre:

De mí naciste, hija.
Yo misma vuelta a nacer!

Canción de cuna en mis labios
porvenir en otra esquina.
Paralelas las de tus ojos
donde se asoma la dicha.

Fuiste tú la que naciste,
o fue todo un mundo, hija?
Mi entraña gestó el mañana
que está pidiendo justicia.

Mas sólo tu boca nueva
sabrá decir la palabra.
Yo aunque lo quise, hija,
en mí estaba el pasado.

Pero todo mi cuerpo fue
tierra, tierra propicia
Para que tú nacieras, hija!
Tú que serás el mañana.

(Suárez, 1969, p.37)

Sus versos, ligados a su belleza y a su biografía, nos ponen como si estuviéramos de frente a un secreto, a un gran misterio guardado en su propia interioridad y que deseamos descubrir. Su intimidad es lo que incita a penetrar en ella:

Quisiera regalarte un pedazo de mi falda
hoy florecida como la primavera.

Un relámpago de color que detuviera tus ojos en mi talle
-brazo de mar de olas inasibles-.

La raíz de mi tobillo con su
eterno verdor.

El testimonio de una mirada que te dejara en el espejo
como arquetipo de lo eterno.

La voluble belleza de mi rostro, tan cerca de morir a cada instante
a fuerza de vivir apresurada.

La sombra de mi errante cuerpo
detenida en la propia esquina de tu casa.

El abejeante sueño de mis pupilas
cuando resbalan hasta tu frente.

La hermosura de mi cara
en una doncellez de celajes.

La ribera de mi aniñada voz con tu sombra de increíble tamaño,
y el ileso lenguaje que no maltrata la palabra.
Mi alborozo de niña que vive el desabrigo
para que tú la cubras con la armadura de tu pecho…

(Suárez, 1969, p.79)

La poesía en Clementina sirve como el lugar donde se deja pasar a cuentagotas su propia interioridad que se manifiesta y se descubre a medida que nos incita, nos llama y nos provoca. Es una condición diferencial de la mujer, esa propensión a la interioridad, que la hace ejemplarmente humana.
Clementina descubrió una forma peculiar de estabilidad y fortaleza acompañada de una quietud y tranquilidad interior. En español existe un verbo que no existe en otras lenguas y es el verbo “estar”. El saber estar es una posibilidad de la vida humana, ciertamente, pero tal vez se realiza primariamente en su forma femenina y ella como mujer poeta logró vivirlo a plenitud.

La vocación de la mujer también incluye su proyecto más auténtico que consiste en abrirse a la realidad y acogerla hospitalariamente –desde el hijo alojado en la interioridad de su cuerpo hasta el mundo exterior transformado en casa–, esa clausura desde la cual está y a cuya puerta hay que tocar para que se abra, esa distinción y selección constante, en todo momento, aún en las mejores condiciones, no sólo cuando los hechos obligan a ello, todo eso es inteligible más que en la perspectiva de esa activa y compleja aceptación de la realidad. La mujer sabe estar, sabe elegir –por eso es elegante–, sabe esperar, sabe renunciar, tal vez pasan años para que aprenda a hacerlo pero siempre llega a hacerlo.

Esa actitud de crear un interior refuerza esa instalación esencial a la vida humana, desde la cual se proyecta, y cuya forma verbal es el “estar” –una singular actividad aparentemente pasiva, como sucede en muchas otras cosas con la mujer–. Así es como Clementina muestra su apertura a la realidad, y en esa tranquilidad que le es propia, deja ser a la realidad, y se deja penetrar por ella:

No he venido al mundo
para llorar. No es con lágrimas
que se obtiene la alta dimensión del hombre.
No es a que me maltraten
ni a que me humillen.
No me arredra la lucha
por más encarnizada que ella sea.
Afianzada tengo el alma
a un rojo encendido de fuerza
que puede maldecir
pero jamás humillarse.

No importa que pretendan negar
la luz de mi destino,
que rompan despiadadamente
el encaje del sueño,
que destruyan el azogue de mi espejo,
que me sumerjan en la noche sin adioses,
que con saña me nieguen el pan, la sal y el agua.
No esperen que por ello me doble dócilmente,
aunque la carne sea siempre la carne
mis entrañas ya casi son de acero…

(Suárez, 1969, p. 23)

La mujer, en toda la historia de Occidente, ha tenido que vivir en un mundo que ha sido fundamentalmente el mundo del hombre, en el que la mayoría de las invenciones –al menos las visibles, las referentes a “cosas”– eran masculinas. La mujer ha tenido que instalarse en ese mundo, y labrarse dentro de él su mundo particular. Y ha tenido que entender el mundo del hombre, dentro del cual vive.

El acierto positivo interior de la mujer: el hecho de que sabe dónde está, sabe de qué se trata, conoce a las personas en lo que tienen –o no tienen– de personas. Esto le da a la mujer una admirable claridad.
Hay muchas mujeres inteligentes –diestras, bien informadas, competentes, capaces de hacer muchas cosas y de hablar con conocimiento de muchos temas– que no producen nunca la fascinadora impresión de inteligencia que hace siempre a la mujer bien dotada y bien instalada en su condición de mujer. Fascinadora, porque nos descubre algo nuevo, una manera distinta de ver las cosas, una perspectiva desconocida, un relieve inesperado de las mismas cosas. Nos parece que descubrimos un nuevo continente, y así es; o, si se prefiere, la otra cara de la luna, siempre escondida.

La mujer necesita un margen de ocio, “holgura” para madurar. Es difícil que la mujer se haga en la improvisación y la premura. Siempre se ha hecho la mujer con una fuerte dosis de soledad, la única forma fecunda de la vida. Ahora tiene mala prensa la soledad, y cuando es impuesta y permanente es sin duda atroz, uno de los grandes males de la época; pero sin cierta dosis de soledad no se puede hacer nada interesante, ni siquiera estar con los demás: la compañía real entre personas no se logra más que cuando se prepara en largas soledades. Hace falta la soledad, la espera, el ejercicio de la imaginación, la proyección, la anticipación de un futuro que se espera imaginándolo.
Debemos aclarar, también, que la aceptación de la realidad nada tiene que ver con el conformismo. En nuestra época tendemos a ponerle nombres peyorativos a las más nobles realidades. Y es que las mujeres han hecho siempre las cosas mucho menos “por principios” que el hombre, se han fundado más en la experiencia de la vida, nacida sobre todo de su maternidad, del contacto con personas desde su mismo nacimiento. La mujer participa íntimamente a un espectáculo único y es de la formación y educación de los seres humanos. Las mujeres están llamadas a la formación de los seres humanos. Nuevamente hablamos de una maternidad afectiva, cultural y espiritual, de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia que tiene en el desarrollo de la persona en el futuro de la sociedad.

Desde siempre la mujer se ha pasado la vida ejecutando operaciones reales y controlables, de resultados inmediatos; ha tenido que responder pragmáticamente de los efectos: los alimentos han de estar bien cocidos, las camas han de permitir dormir en ellas, la ropa ha de estar limpia, la casa ha de ser habitable, el niño tiene que ser alimentado, acallado, consolado, dormido y educado. Esto no lo pueden hacer mujeres poco cuidadosas porque la consecuencia inmediata es el fracaso y ejemplo de ello en las sociedades siempre lo ha habido y lamentablemente lo seguirá habiendo.

Por estas razones la casa, el hogar, es la forma inmediata de la circunstancia, es donde se vive, la casa es el lugar donde transcurre la vida cotidiana y ese espacio significa la posibilidad de construir nuestro grado de humanidad. En la casa, la mujer se enfrenta con la necesidad de la invención; necesita tener talento, un talento particularmente concreto y perentorio, con resultados a corto plazo. La casa representa la materialización de los proyectos de vida, los propios y los de quiénes nos rodean.

El cambio en los últimos 60 años ha sido enorme para la vida de la mujer por múltiples razones. No intento decir que debemos volver a una vida dedicada solamente a las labores domésticas. Creo que el reto es que la mujeres seamos capaces de inventar la casa de nuestro tiempo, la casa del S.XXI, sin olvidar la esencia de la vida: la humanización en el día a día, la de la vida cotidiana; la construcción de nuestra propia humanización y la de otros seres humanos. Sea cual fuere la profesión de la mujer no se debe de olvidar su vocación como mujer para ser capaces de imaginar el alvéolo de nuevas formas de vida, de sociabilidad, de conversación, de educación, de creación. La casa, no nos engañemos, es obra de la mujer, la hace la mujer pero con la disposición plena por su naturaleza de compartirla y de construirla en conjunto con los hombres. Clementina Suárez, una mujer “rebelde” para la época, no era la típica mujer “de casa” pero se descubrió a sí misma y a su vocación desde la intimidad y la cotidianidad de su profesión como poeta y lo vivió de esta manera:

…Porque hay que saber que el corazón tiene sus banderas
y sus grandes y pequeñas epopeyas populares,
donde emerge la voz como una aurora
y crecemos para siempre con una raíz humana
con fe inquebrantable al pueblo.

Altamente hermosa y digna es la vida
si se ama la libertad con cariño insobornable,
como un grito que naciera del propio pecho.
Digo y me repito: Tengo que ser invencible,
mañana tendrá que ser mañana para mi sueño,
y el alba un sello de orgullo
en mis manos claras.

Un celeste lenguaje es mi canto, Patria
para conquistar tu nombre.
Y es por ello que voy, insistentemente, uno y otro día
dejando constancia de mi experiencia y coraje
para no desmayar jamás en la lucha,
hasta el último día de los días que me falta por vivir.

Porque en este acontecer y envejecer
hay que con absoluta claridad saber,
que solamente con las espaldas triunfales
del amor y la vida
se derrota a la muerte.

(Suárez, 1969, p. 109)

VII. Poema del poeta hondureño Roberto Sosa dedicado a Clementina Suárez
Soneto de la nostalgia
A Clementina Suárez
Amor, a tu descenso el dulce trazo
del rostro levantado a mano lenta
inclinado en la calma de otro tiempo
en hecho de verdad parece un sueño.

El punto límite en donde convergen
la línea pura de los rascacielos
y la curva del grito hacia el vacío,
digo de sí, la soledad describe.

(Signo perdido de la vez primera:
un planeta de flores la sonrisa
del mismo corazón a libro abierto).

Primavera, pájaro interminable,
ahora días cruzó las cuatro esquinas
su última imagen. Y volvió al olvido.

(Sosa, 2005, p.181)

VIII. Bibliografía
• Argueta, M. Diccionario de escritores hondureños. Tegucigalpa: Editorial Universitaria, 1998.
• Alvira, R. (2001) Filosofía de la vida cotidiana. Pamplona: EUNSA.
• Clementina Suárez ¡Vive!. Revista Prisma. Año 6 – 28 – 1992. Tegucigalpa.
• Clementina: 100 años. Revista de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. Abril – Mayo – Junio 2002. Tegucigalpa.
• Corazón, R. (2007) Filosofía del trabajo. Madrid: Rialp.
• Escrivá, J. (2001) Es Cristo que pasa. México: Editorial MiNos, S.A. de C.V.
• Gold, J. (2001) El retrato en el espejo. Una biografía de Clementina Suárez. Tegucigalpa: Editorial Guaymuras.
• Juan Pablo II. (1994) Carta a las mujeres. Mulieris Dignitatem. San José: Promesa.
• Marías, J. (1980) La mujer en el siglo XX. Madrid: Alianza Editorial
• Nubiola, J. (2002) El taller de la filosofía. Pamplona: EUNSA
• Rilke, R. (2004) Cartas a un joven poeta. Buenos Aires: Longseller S.A.
• Wilde, O. (2000) Sobre el arte y el artista. Barcelona: DVD ediciones.
• Sosa, R. (2005) Sosa para siempre. Tegucigalpa: Pez Dulce.
• Suárez, C. (1969) El poeta y sus señales. Antología. Tegucigalpa: UNAH
• Wittgenstein, L. (1995) Conferencia sobre ética. Barcelona: Paidos.

Carmen Cruz

Es originaria de la ciudad de Santa Rosa de Copán, Honduras.
Máster en Gestión de Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar de Guatemala.
Actualmente radicada en la ciudad de Santa Rosa de Copán en donde trabaja como gestora cultural independiente y en un proyecto de emprendimiento propio.
Fue Subdirectora de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño. Presidente del Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa. Jefe de la Unidad de Negocios Editoriales, Hemeroteca y Editora de Turismo e Identidad Nacional para el Grupo OPSA, La Prensa, en San Pedro Sula. Técnico académico administrativo de la Dirección de Posgrados de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. Ha sido profesora titular de la Universidad Rafael Landívar y Universidad del Istmo en las clases de: Introducción a la Literatura; Lenguaje y comunicación; Antropología filosófica y Apreciación de cine.
Perteneció al Comité Internacional de Investigación y Crítica Literaria de Editorial Promesa de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad de la Sabana de Bogotá, Colombia.
Ha dado conferencias y tiene publicaciones en países como México, Chile, Costa Rica, Colombia e Italia.

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