Epílogo

Hoy carezco de alas. Desde que te fuiste nuestra casa de cartón ha quedado con huellas de viento y un sol que asciende entre melancolías por nosotras. Anhelo las noches con pimienta en el cielo junto a ti. Hace tanto tiempo desde que te fuiste que ahora la mujer que vivía al lado nuestro, la mujer de pelo rojo, sin ningún motivo, una mañana de verano partió al Celaque y sus cabellos se volvieron blancos como leche.

Hoy abrí la puerta de la esquina, la que a ti tanto te gusta, desde donde se ven los muslos de tierra que van hacia el Merendón. Sin tí anochece a la mitad de la mañana. Tus cartas han aprendido a atravesar muros porque están en continuas batallas con mis melancolías. Ahora mi corazón está vencido, se trata de la muerte de los cuentos de los hermanos Grimm que leías para mí, porque el poder de tus aspiraciones es mucho mayor que yo. Desde el pecho me surgió una iluminación, un sentimiento, una gracia, un gen de estado de ánimo, escalofríos que aún encierran nuestras cabezas desnudas.

El primer síntoma de estar a punto de morir es ya no poder escribirte nunca, no poder leerte un fragmento del Cantar de los cantares, no poder escuchar la música que ponías para mí.

Nuestra casa guiña sus ojos en el día y yo imito un perfecto estado de ánimo ante ello, apoyando mi cabeza sobre un difunto reloj que ya no sabe esperar por ti.

A veces tiendo mis pies para apoderarme de los movimientos que te buscan a diario, para salvar pedazos de recuerdos con los que se embellece algún rincón de nuestro armario. El recuerdo de tus manos sobre mi cara salva los fragmentos de esos lugares.

Por las noches acostumbro herir las nubes con las hélices de mi insomnio, ya no sueño; ahora sólo acostumbro a tomar objetos de tus sueños, a convertirme en lo que tú quieras cuando me cuentas en sueños que estás junto a mí; y eso es lo más doloroso, las continuas metamorfosis que sufro a tu lado en sueños, el tener que pasar por las mañanas de la pintura en la que estás retratada, el único lugar que ahora habitas de nuestra casa, a este mundo real, este en que escribo, y por las noches regresar a verte y dormir contigo dentro de un cuadro.

Carmen Cruz

Es originaria de la ciudad de Santa Rosa de Copán, Honduras.
Máster en Gestión de Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar de Guatemala.
Actualmente radicada en la ciudad de Santa Rosa de Copán en donde trabaja como gestora cultural independiente y en un proyecto de emprendimiento propio.
Fue Subdirectora de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño. Presidente del Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa. Jefe de la Unidad de Negocios Editoriales, Hemeroteca y Editora de Turismo e Identidad Nacional para el Grupo OPSA, La Prensa, en San Pedro Sula. Técnico académico administrativo de la Dirección de Posgrados de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. Ha sido profesora titular de la Universidad Rafael Landívar y Universidad del Istmo en las clases de: Introducción a la Literatura; Lenguaje y comunicación; Antropología filosófica y Apreciación de cine.
Perteneció al Comité Internacional de Investigación y Crítica Literaria de Editorial Promesa de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad de la Sabana de Bogotá, Colombia.
Ha dado conferencias y tiene publicaciones en países como México, Chile, Costa Rica, Colombia e Italia.

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