El Guayas se llevó con rebeldía algunas melancolías que yo le permití ver. Regresé al hotel del malecón, a buscar rastros de él. Tal vez, por si acaso había dejado para mí una señal, no lo sé, un vestido, fresas y un amor. La libélula volvió conmigo a casa esa mañana y me dijo al oído: “Cuando de noche de nuevo él te llame, atrayéndote, ve. Desciende como un gato por los tejados. Nadie lo sabrá, nadie te verá.”

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