El corazón, eso tan cursi

En ciertos momentos y ámbitos de la vida, cuando hablamos del corazón parece que nos estamos poniendo cursis.

Fisiológicamente, en un nivel muy básico, el corazón es un músculo que tiene movimientos naturales llamados sístole y diástole.

Particularmente me interesa hablar del amor y del corazón en su plano más humano. En el mes de enero, leí un artículo en donde se dice que el movimiento de sístole se vincula a recibir y diástole a dar. De hecho se asegura que hay estudios que identifican la sístole como el momento en que nuestro corazón percibe, por ejemplo, las emociones ajenas de manera más intensa que durante la diástole, o momento de relajación del corazón-músculo. Nada más y nada menos, el corazón es nuestra sede de las pasiones o sentimientos. Representa la dimensión emocional del ser humano, criatura sensible a quien todo le afecta.

Toda emoción es espontánea en las personas, pero es importante saber que también debemos aprender a gestionarlas. Ya sean estas positivas o negativas.

Siempre he pensado que vivimos en una época muy similar a la del romanticismo, y esto no tiene nada que ver con escenas de parejas enamoradas. El romanticismo es el movimiento cultural – artístico que se desarrolló en la Europa del S. XIX y que se caracterizaba, entre otras cosas, por la expresión excesiva de sentimientos. Hoy en día padecemos de una “hipertrofia” del corazón y por eso hago la relación con el romanticismo, nos dejamos mover mucho por los sentimientos, excesivamente, pero no hemos aprendido a gestionarlas, precisamente. Otra cosa es la pasión, tan necesaria para reinventarnos en el día a día, para hacer con amor lo que nos toca, cualquiera que sea nuestra realidad o cotidianidad.

Estoy segura que más de alguien estará pensando que, al fin y al cabo, estos temas del corazón no es apropiado tocarlos en ámbitos profesionales. Esto sucede por influencia de corrientes de pensamiento como las del filósofo alemán Immanuel Kant, quien intentaba aparcar la sensibilidad humana, instando a aplicar “la norma por la norma y el deber por el deber”, pero hoy sabemos que no se puede desvalorizar el corazón en ningún ámbito de la vida humana.

Debemos darle su sitio al corazón. Es una época de crisis. Sí, de todo tipo. Muchas preguntas. Todo falla. A veces, en el diario vivir nos encontramos en la calle, en las redes sociales, en los ambientes de nuestra rutina, a personas sin rostros y a cambio todos nos hemos convertido en signos de interrogación. Le ponemos signo de interrogación a toda la estructura social, hasta al sentido común no sólo de personas comunes y corrientes sino y sobre todo a nuestros líderes políticos y religiosos.

Sobre esto último que afirmo, recién leí una entrevista a Noam Chomsky para diario El País de España y dice: “La gente se percibe menos representada y lleva una vida precaria con trabajos cada vez peores. El resultado es una mezcla de enfado, miedo y escapismo. Ya no se confía ni en los mismos hechos.”*

En tiempos en donde impera lo líquido, parafraseando a Zygmunt Bauman, todo este panorama asusta. Nuestra falta de amor propio y hacia los demás. Desconfiamos de todo y de todos, a ratos hasta de nosotros mismos. La falta de solidaridad. Los discursos y más discursos al respecto pero seguimos sin practicarlo. Basta ver las noticias diarias y nos falta amor, pasión y corazón.

Reitero: hay que darle el lugar que corresponde al corazón. Solo veamos el orden de nuestro cuerpo: la cabeza es un extremo, pero ¿qué es lo que está en el centro? El corazón está en una posición central, entre la zona racional y lo meramente instintivo que son los genitales.

Y de qué hablamos cuando decimos gestionar las emociones y los sentimientos: con frecuencia nos quedamos perplejos cuando experimentamos sentimientos contradictorios, pasamos del amor al odio, o tenemos reacciones desmesuradas ante todo acontecimiento social, familiar, personal; es una especie de esclavitud de los seres humanos con respecto a las emociones.

Y qué hacer, pues nos toca reconquistar a nuestro propio corazón. Conquistaremos al corazón con el mismo corazón. Como seres humanos somos capaces de generar afectos contrarios a los desafectos que sufrimos. Un afecto no puede ser reprimido ni suprimido sino por otro afecto semejante, más fuerte. Hay que volver a ilusionarse con cada cosa que hacemos. También hace falta ponerle corazón para superar las crisis.

* Ver entrevista completa en: https://elpais.com/cultura/2018/03/06/babelia/1520352987_936609.html Consultada el 14 de marzo de 2018.

Carmen Cruz

Es originaria de la ciudad de Santa Rosa de Copán, Honduras.
Máster en Gestión de Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar de Guatemala.
Actualmente radicada en la ciudad de Santa Rosa de Copán en donde trabaja como gestora cultural independiente y en un proyecto de emprendimiento propio.
Fue Subdirectora de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño. Presidente del Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa. Jefe de la Unidad de Negocios Editoriales, Hemeroteca y Editora de Turismo e Identidad Nacional para el Grupo OPSA, La Prensa, en San Pedro Sula. Técnico académico administrativo de la Dirección de Posgrados de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. Ha sido profesora titular de la Universidad Rafael Landívar y Universidad del Istmo en las clases de: Introducción a la Literatura; Lenguaje y comunicación; Antropología filosófica y Apreciación de cine.
Perteneció al Comité Internacional de Investigación y Crítica Literaria de Editorial Promesa de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad de la Sabana de Bogotá, Colombia.
Ha dado conferencias y tiene publicaciones en países como México, Chile, Costa Rica, Colombia e Italia.

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