Desde hace algunos años, al menos en Honduras, mucha gente se autodenomina “gestor cultural”. Es cada vez más común encontrar presentaciones en las que ponen su nombre propio y debajo: poeta y gestor cultural; fotógrafo y gestor cultural; artista y gestor cultural; músico y gestor cultural; abogado y gestor cultural, estas son algunas de las variedades que he visto.

A veces me llama la atención y otras veces me cuestiono si realmente todos ellos sabrán mínimamente conceptos básicos de la gestión cultural. Aunque contarles a ustedes esto último que me cuestiono pueda sonar prepotente de mi parte, pues en Honduras, al menos que yo conozca en persona, no llegamos a diez las personas que hemos egresado de una universidad extranjera con estudios formales en gestión cultural.

Efectivamente cualquier persona puede ser un gestor cultural, no cabe duda. Pero estamos en un país en el que la profesionalización al respecto es nula, es decir, a través de estudios formales no existe ninguna oferta de estudios de gestión cultural y sabiendo que es una profesión y, actualmente muchos países del mundo ofrecen la titulación, mi pregunta es entonces ¿cómo es que hay tantos gestores culturales en este país? Este papel de formación de gestores debería hacerlo por ejemplo, la UNAH, sobre todo porque tiene una Dirección de Cultura que tiene como razón de ser la de atender los asuntos académicos de la gestión cultural, no lleva a cabo una agenda cultural por lo tanto no se dedica a lo práctico del área. Mínimamente debería de haber una oferta permanente al menos en grado de diplomado universitario en cualquiera de sus sedes, pero no lo hay.

No puedo anular el valioso trabajo que la cooperación internacional ha hecho en Honduras por formar a las personas que trabajan en el medio de la cultura en nuestro país, principalmente le debemos mucho a la Cooperación Española a través de su Centro de Cultura de España en Tegucigalpa, quiénes ofrecen anualmente algún tipo de formación al respecto, ya sea por medio de conferencias ofrecidas por extranjeros especializados que han visitado nuestro país así como invitan a los pocos profesionales que existen en Honduras para dar distintos talleres de varios días de duración.

“El Programa Conjunto Creatividad e Identidad Cultural para el Desarrollo Local” de Naciones Unidas en Honduras fue unos de los procesos más importantes que sucedieron en este país hace algunos años en temas de formación y fortalecimiento de la gestión cultural. Lamentablemente no hubo continuidad del mismo, por tantas razones que no compete ahora comentar.

Con este breve panorama expuesto, intentaré entonces hacer algunas descripciones teóricas sobre el perfil que debería tener un gestor cultural. Y vamos a partir de una premisa muy importante. Reitero, todos podemos ser gestores culturales, pero básico e importante es tener formación al respecto porque siendo esta una profesión, está claro que no es fruto de la improvisación sino de conocimientos adquiridos que garantizan, entre otras cosas, el éxito de lo que emprendamos para no repetir errores comunes de quienes trabajan en el sector.

Ya hemos dicho que no todos podemos acceder a un título universitario en Honduras, pero podemos autoformarnos porque en la red encontraremos material valioso para leer y comprender el rol que nos toca a los gestores, como también siempre a través de internet podemos optar a estudios en línea. Abundan de hecho, hoy en día, las ofertas académicas sin que requiera permanencia en otro país lo que hace más accesible la oferta.

Desde mi opinión, no existe una diferenciación en los términos gestor cultural, animador sociocultural, promotor cultural, administrador cultural. Inclusive, si hubiera costumbre, no veo problema que se use las posibilidades de tejedores, actores, agentes y cualquier otra alimaña
cultural, pues desde Cornejo hasta Canclini, no hay diferencias sustantivas en sus prácticas hoy en día.

Gestor es, ante todo, quien ejerce desde algún rol en la práctica de la administración, animación o simple gestión de espacios en pos de propiciar actividades que aborden problemas culturales. En síntesis, quien está en actividad trabajando o aportando a la cultura de una sociedad, comunidad o grupo étnico.

Suena relativamente sencillo pero obviamente no lo es. Gestionar debería estar emparentado con gestar, con hacer que haya una nueva criatura que funcione bien y que perdure. El gestor tiene el reto de concientizar a la población, empoderarla y emocionarla, empezando por sus mandatarios, sobre el carácter de derecho que ostenta el acceso a la cultura, situándola en el mismo plano de prioridades que la educación, la salud y otros problemas de Latinoamérica.

He aquí que llegamos al punto de decir que, lamentablemente, ser gestor no es gestionar el café o el vino de un evento particular o hacer actividades con meros intereses propios por sobresalir o figurar a título personal. No hacer nada en años de gestión por la comunidad en la que vivo y gestiono es tan dramático que debería ser penalizado con la misma intensidad que el robo a mano armada, pues no se ha comprendido la profesión del gestor cultural y me atrevo a presentarme como tal.

Perfil de un gestor cultural

El gestor siempre será el centro, pero no el centro de la atención, sino que está en el centro que permite la relación entre público y artistas. Es el centro que favorece la comunicación entre entidades estatales, privadas o de cualquier otra índole y el público y los artistas.

Hay muchas características que deben componer el perfil de un gestor. No es un gerente, pero conserva con él rasgos comunes. No es un curador, pero trabaja en las características y condiciones de exhibición. No es artista, ni músico, ni diseñador, pero sabe dialogar con todos ellos porque tiene una formación integral y multidisciplinar al respecto. De la misma forma, se podría hacer una lista tan extensa del “debe ser” pero yo me limitaré a describir las fundamentales:

Creatividad
Continuamente debemos recurrir a nuestra capacidad, y a la de nuestros colegas, para construir y ampliar la oferta y demanda cultural. Innovar, dejar de hacer las mismas propuestas obsoletas para nuestros tiempos.

Productividad
Quienes están en las organizaciones dedicadas a las tareas de producción y difusión resuelven una infinidad de situaciones, por lo normal, con pocos recursos y mucha expectativa por parte de los destinatarios y protagonistas. La gestión cultural exige reflexión para diseñar programas y políticas, pero también demanda dinamismo, eficacia y eficiencia. En esta instancia, el tiempo nunca sobra. Todo recurso es finito. Hay que saber establecer límites. Ser organizado. Hacer planes de trabajo con objetivos claros y reales. Cumplirlos. Evaluar lo que se hace y volver a empezar.

Liderazgo, conducción y descentralización
Ser convincentes con lo que uno hace para poder transmitirlo a los demás. La pasión por lo que se hace debe ser visible y auténtica. Capacidad de motivación: el resto del equipo, los técnicos y los productores involucrados, deben acompañarnos, pero por mérito propio y fruto de la persuasión. Saber delegar previamente las responsabilidades, no pretender hacerlo todo uno solo. En colaboración siempre es mejor pero hay que saber navegar el barco.

Consumidor crítico
Quienes se desempeñan en tareas de programación, difusión o producción cultural deben poder identificar el valor en los contenidos a ofrecer. Y en este punto vale una aclaración: el valor a identificar escapa a nuestros gustos y se encuentra con nuestra voluntad de construir ciudadanía, identidad y civismo. El hecho de conocer y reconocer las diferentes producciones de nuestro contexto y poder cotejarlas con atmósferas del plano nacional e internacional es una responsabilidad con fines prácticos. Hay que saber qué pasa en nuestra localidad y cómo pasa; cuál es la labor de nuestros colegas y con quiénes contamos; con quiénes podemos intercambiar información, estructuras, así como otras necesidades que aparezcan.

Relaciones públicas y comunicación
La agenda de contactos (las relaciones trazadas o consolidadas) es la mayor arma del trabajador de la cultura. Luego de la capacidad relacional, e intrínseca a ella, está la posibilidad de comunicarse, y de hacerlo con eficacia y eficiencia. En este sentido, las propuestas culturales son por definición relacionales y comunicativas. Se podría decir que lo son desde la gestión misma, hasta los efectos esperados.

Experiencia
Ganar experiencia con el fin de mejorar cada propuesta posterior que hagamos. Tener la capacidad de asumir errores cometidos y no volver a cometerlos.

Contextualización, innovación y capacidad de previsión
Tener una continua capacidad de asombro con un interés permanente por conocer cómo es la realidad que lo rodea y la biósfera donde “germinará” su proyecto. A los efectos prácticos, este conocimiento nace de estudios formales y por observación del campo, lo que le permitirá medir sus posibilidades de innovar, como así también prever el impacto de sus acciones. La capacidad de innovar hace a la reformulación, ajuste o clonación de experiencias propias o estudiadas con el objeto de proponer variantes para cubrir nichos disponibles.
De este tipo de acciones sacamos en limpio que para innovar no es necesario una modificación radical, sino la adecuación de alguno de los componentes: otra estrategia de gestión de recursos, otra política de comunicación, y tantas otras variantes que permiten afirmar que no es obligatorio inventarlo todo nuevamente, sino que lo necesario es el monitoreo de lo que se realiza en el contexto. Por otro lado, la capacidad de previsión permite elaborar hipótesis sobre las consecuencias de nuestras acciones en un ambiente dado. Reacciones de instituciones eclesiásticas, políticas, o de nuestros propios patrocinadores, deben ser tenidas en cuenta a los efectos de no toparnos con consecuencias inesperadas.

Carmen Cruz

Es originaria de la ciudad de Santa Rosa de Copán, Honduras.
Máster en Gestión de Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar de Guatemala.
Actualmente radicada en la ciudad de Santa Rosa de Copán en donde trabaja como gestora cultural independiente y en un proyecto de emprendimiento propio.
Fue Subdirectora de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño. Presidente del Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa. Jefe de la Unidad de Negocios Editoriales, Hemeroteca y Editora de Turismo e Identidad Nacional para el Grupo OPSA, La Prensa, en San Pedro Sula. Técnico académico administrativo de la Dirección de Posgrados de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. Ha sido profesora titular de la Universidad Rafael Landívar y Universidad del Istmo en las clases de: Introducción a la Literatura; Lenguaje y comunicación; Antropología filosófica y Apreciación de cine.
Perteneció al Comité Internacional de Investigación y Crítica Literaria de Editorial Promesa de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad de la Sabana de Bogotá, Colombia.
Ha dado conferencias y tiene publicaciones en países como México, Chile, Costa Rica, Colombia e Italia.

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