Necesito hacer un viaje para despistar una tristeza que me ha seguido desde hace años. Necesito volar para tirar melancolía que me nubla la mirada. Creció un poco de musgo en mi corazón que debo de limpiar. Me alarmé porque tengo síntomas que son propios de un corazón cuando se quiere volver viejo. No puedo permitirme volverme gorda por los sentimientos retenidos y por eso tengo necesidad de viajar, para no quedarme con esto en mi corazón.  A veces toca botar escombros para poder reiniciar por la mañana.

Quizás, en general los viajes para mí son nostalgia, cualquier tipo de viaje, inclusive aquellos para los cuales no necesitas de llevar maletas, pues es tu alma la única que debe transportarse. El viaje es  encuentro de uno mismo y de algo más en las otras personas, son posibilidades. San Agustín decía que solo hay una patria: el viaje. El viaje es lo que amplía la experiencia interior y esa experiencia interior permite una mayor autenticidad con los propios deseos, para que se puedan nombrar y sean compartidos.

Hay un tren que tomar este día para iniciar un largo viaje. Mientras pienso en todo lo que debo de ir botando en cada estación, recordaré aquella promesa de tomarnos un café. Tomar café, me gusta. También me gusta tener el pretexto del café para poder verlo a él. Para verle directamente a los ojos; para ver cómo me mira entre sorbo y sorbo; para ver cómo mira su taza de café, cómo toma su cuchara y el azúcar; para ver cómo el aroma del café se mezcla con su aroma. Cuando él me ve en mi sueño, lo abrazo con mis ojos y ese aroma se impregna en mí. Mírennos, aquí en mis recuerdos, ambos, frente a frente, en el café de la gran avenida.

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