Texto publicado en la Revista de la Escuela de Lenguas Modernas, Universidad de Costa Rica. Agosto 2007.

Abstract: Realizamos una crítica a una selección de poemas de las obras Los pobres (1968) y Un mundo para todos dividido (1971) del poeta hondureño Roberto Sosa, desde una perspectiva sociológica de la literatura. El estudio realizado mezcla propuestas de Estética de la Recepción Literaria, de la Sociocrítica y del Versolibrismo Hispánico. El objetivo de la investigación es conocer la visión del ser humano que se refleja en una selección de poemas de dos de las obras más importantes de este escritor centroamericano contemporáneo. En Los pobres y Un mundo para todos dividido, Sosa presenta una combinación sutil entre lo Romántico y lo Contemporáneo, una estética de la enunciación directa, de la efusión sincera arrancada a las honduras de la vivencia; posee esa transfiguración ensoñadora del Romanticismo, pero apoyada en la mediación emocionada de un imaginario histórico-social profundamente poseído. Paisaje de la historia apasionada e historia social que funcionan como razón y amparo trascendentales del ser humano hondureño, pobre, humilde, sencillo, con todas sus tragedias.

Palabras clave: Perspectiva sociológica, estética de la recepción literaria, sociocrítica, versolibrismo hispánico, romántico, contemporáneo, transfiguración ensoñadora, imaginario histórico-social.

Roberto Sosa nació en Yoro, Departamento de Yoro, Honduras en 1930. Es el autor de Muros, Mar Interior, Los pobres, Un mundo para todos dividido, Obra Completa, Diálogo de Sombras, Prosa Armada, El llanto de las cosas, Máscara suelta, Hasta el sol de hoy, Antología personal, Digo mujer, entre otros libros. Ha obtenido los premiso Juan Ramón Molina (Honduras) 1967, Adonais (España)1968, Casa de las Américas (Cuba)1971, Ramón Rosa (Honduras) 1972, Ramón Amaya Amador  (Honduras)1975 e Itsamná 1980. Su libro The Return of the river (El regreso del Río), edición bilingüe publicada por Curbstone Press, traducida por Jo Anne Engelbert, obtuvo el premio National Translators Association (ALTA). Su obra poética ha sido traducida al francés, inglés, alemán, ruso, chino, italiano y japonés. En 1990 fue distinguido por el Ministerio de Cultura de la República de Francia con la orden de las Artes y las Letras en el Grado de Caballero.

Los pobres

Los pobres son muchos
y por eso
es imposible olvidarlos.

Seguramente
ven
en los amaneceres
múltiples edificios
donde ellos
quisieran habitar con sus hijos.

Pueden
llevar en hombros
el féretro de una estrella.

Pueden
destruir el aire como aves furiosas,
nublar el sol.

Por eso 

Es imposible olvidarlos.

Pero desconociendo sus tesoros
entran y salen por espejos de sangre;
caminan y mueren despacio.

Noción de persona a través de la historia 

Cuando nos interrogamos sobre qué es el hombre y la mujer, nos estamos haciendo una pregunta sobre la persona. “Existe un ser unitario y atípico, profundo, polifacético, paradójico y maravilloso que es la persona concreta, cada hombre y cada mujer” (Burgos, 2003: pp.25-26)

A continuación, veremos las nociones de persona a través de la historia, para finalmente ver la propia concepción del ser humano de Sosa y de qué manera ha sido influenciado por distintas corrientes.

Para Burgos (2003) la palabra persona, desde un punto de vista etimológico, procede directamente del latín “personare” y, en un segundo término, del griego “prósopon”. La primera se remonta al teatro griego y romano. “Prósopon”, en griego, significa literalmente “lo que se pone delante de los ojos” y hacía referencia a la máscara que usaban los actores en el teatro antiguo. La palabra latina, “personare”, significa: “Persona”, significó inicialmente la máscara con la que el actor se presentaba al público: “sonar a través de”, resonar, pero empezó a aplicarse también a las máscaras de los actores porque su voz resonaba a través de ella. Poco a poco, este último sentido se generalizó y se hizo común.

La segunda tradición se encuadra en el derecho romano y procede de otra posible acepción de la palabra “persona” entendida en este caso como “per se sonans”, es decir, como quien habla por sí mismo y tiene voz propia. Este significado inicial se amplió al de quien tiene derechos, estatus y reconocimiento social y ésta es la noción que recogió el derecho romano.

En definitiva, la tradición griega y romana nos presenta a la persona como un entramado de un hombre y de dignidad.

Después, el cristianismo utilizó esta base para desarrollar su propio concepto de persona, que es el que ha sido posteriormente asumido y hecho propio por Occidente. La influencia cristiana se ejercitó fundamentalmente en dos frentes. El principal y primario fue de orden social y humano y consistió en el rechazo sistemático de cualquier posible discriminación, lo que suponía una auténtica revolución en el mundo antiguo cuyas consecuencias fueron incalculables e irían fructificando a lo largo de los siglos. La doctrina cristiana sobre este punto es clara y nítida y con esa fuerza se presentó en el mundo romano.

Esta idea fundamental, de origen religioso de indudable trascendencia social y antropológica, fue transformando con el tiempo de modo radical la sociedad antigua: eliminación de la esclavitud, igualdad entre el hombre y la mujer.

La persona, por otra parte, fue concebida también como una realidad sustancial, es decir, subsistente en sí misma por la consistencia de su ser y no por referencia a otra cosa.

La conclusión de este itinerario se puede colocar emblemáticamente en Boecio, quien define la persona como la sustancia individual de naturaleza racional. El hombre era persona y ser persona significaba poseer una naturaleza racional subsistente individualmente.

La escolástica recogió y aceptó la definición boeciana pero no la desarrolló sino que, más bien, se centró en el concepto de sustancia. La persona se valora, y mucho, pero no se emplea como un concepto filosófico original que determina e influye en los demás elementos de la antropología, sino que se entiende como un tipo especial de sustancia: la más perfecta dentro del mundo si se trata de los hombres y la sustancia perfecta en absoluto, si se trata de Dios.

Con Descartes, el hombre será conciencia, ser interior consciente de sí mismo. Más adelante será también sujeto: ser que se pone ante el mundo externo con una interioridad, riqueza y capacidad de acción específica.

En poco tiempo, este concepto se transformó en el sujeto trascendental kantiano que se alejó cada vez más del hombre concreto para transformarse en una entidad abstracta supraindividual.

El itinerario filosófico de la modernidad descubrió claves antropológicas esenciales pero al precio de la desaparición de la persona concreta, del hombre y mujer que vive su vida de manera autónoma y limitada pero real.

Además, existe otro problema más importante: la situación social. El siglo XX fue el escenario de una batalla entre dos poderosas ideologías: los colectivismos y el individualismo.

Los colectivismos (comunismo, nazismo, facismo) promovían los valores generales de la sociedad pero con desprecio de los individuos. La visión social organicista de la que dependían entendía al hombre como una parte del todo social por el que debía sacrificarse si era necesario. Lo esencial era el organismo (la sociedad) mientras que la parte (el hombre) sólo era importante en la medida en que servía al organismo. El individualismo, por el contrario, adoptó la perspectiva contraria: la exaltación del individuo en contraposición a la sociedad, pero de un individuo insolidario que buscaba su propio bien y se servía para ello de sus medios económicos e inteligencia aplicando la “ley del más fuerte”. Quien es hábil y poderoso se asienta en el tejido social, quien es débil queda desplazado.

Este tipo de experiencia u otros similares fue la senda que condujo a muchos filósofos a la recuperación y reelaboración filosófica de la noción de persona que se realizó fundamentalmente a través de tres vías.

La primera y la más importante es el surgimiento del personalismo a quien se debe conceptualmente la actual visión de la persona. El personalismo, que surgió fundamentalmente de la mano de Emmanuel Mounier en la Francia de entreguerras, partió básicamente de los siguientes presupuestos: necesidad de relanzar el concepto de persona como remedio filosófico en la lucha ideológica entre el individualismo y los colectivismos; necesidad de que esas aportaciones de la modernidad: conciencia, sujeto, yo, libertad, dinamicidad se hicieran en el marco de una filosofía realista y abierta a la trascendencia.

El ser humano como tal desde la perspectiva artística literaria

La condición estética del texto comienza en las palabras, aunque no termina en ellas, porque todo efecto pragmático trasciende lo verbal pero tienen su origen en una organización significante que le sirve de fundamento.

Es decir, el lenguaje es el material donde toman forma, expresiva y semántica, las experiencias objetivas subjetivas y sociales de la cultura mediante la tendencia a un uso de los signos en conjuntos que fuerzan a una interpretación en la que las categorías ordinarias del mundo de la vida son puestas en cuestión.

En el lenguaje reside el poder realizador, en último término, de la estructura lingüística como repertorio móvil que traza las coordenadas del mundo de la vida.

En la obra poética, el discurso apela a un entendimiento (no importa que se trate de una poesía siempre hay sentido que entender, incluso el no tener sentido) ejerciendo a la vez tácticas de acción estratégica que persiguen la asunción por el lector de la tematización oblicua o elíptica de las pretensiones de validez. La duplicidad paradójica del mensaje literario busca que se consideren en la interpretación sus “leyes” comunicativas, y a un tiempo aspira a manipular, haciendo uso de recursos retóricos, la metainterpretación del lector.

El sujeto del texto es siempre el “sujeto hermenéutico”, es decir, el problema fundamental de la comprensión en las indefinidas expresiones en que puede presentarse.

El texto y el lector ya no se sitúan como objeto y sujeto contrapuestos; por el contrario, esta “escisión” acaece en el mismo lector. Si piensa las ideas del otro, entonces, temporalmente, sale fuera de sus aptitudes individuales, pues se ocupa de algo que hasta ahora –por lo menos, no de esta forma– no se situaba en el horizonte de su historia y en sus experiencias personales.

El intérprete de un texto forcejea con los diversos sujetos que le interpelan desde el discurso, rechaza la ironía de unos, acepta los valores de otros, cae en la manipulación de puntos de vista o elude algunas de las imposiciones que le salen al paso en el tránsito del itinerario semántico que sostiene el discurso. En cualquier caso, confirma cuál es el sujeto profundo del texto en la medida en que intuye o reconoce explícitamente las estructuras egológicas y alterológicas en función de las que aquel ha sido construido. La construcción lingüística de la obra literaria conduce al intérprete a pensar en quién o quiénes hablan en el texto hasta que se produce una inducción de los rasgos individuales de los sujetos representados que asciende hacia la generalización de un sujeto complejo resultante de la conformación estética de contenidos sustanciales pertenecientes al mundo de la vida. La tendencia inductora de la lectura convierte a los personajes, a los sistemas de relaciones entre ellos, a las visiones que tienen de su realidad, a los acontecimientos que protagonizan, gozan o padecen, en sujeto referido a los marcos de existencia colectiva o a concepciones del mundo de las que se extraen ideas presumiblemente universales.

La importancia del sujeto del texto, en este caso el ser humano representado por Sosa en su poesía, para la literatura revela que el hombre es el centro de la visión artística, que la organiza desde el punto de vista de la forma y el contenido; además, se trata de un hombre dado en su existencia valorativa en el mundo. El mundo de la visión artística es una mundo organizado, ordenado y concluido aparte de la intencionalidad y el sentido, alrededor del hombre dado, siendo su entorno valorativo: podemos ver cómo en función del hombre los momentos objetivos y todas las relaciones –espacio-temporales y semánticas– se vuelven artísticamente significativas.

La creación literaria, la producción de un sujeto en cada texto, necesita participar de los intereses generales de la vida, comprenderlos desde su interior; no obstante no se puede soslayar una percepción de la realidad que se sobreponga a ella a partir de un simulacro eficaz de exterioridad respecto al mundo.

Concepto de ser humano en Roberto Sosa

Ya hemos visto los diferentes conceptos de persona que se han manejado en la antropología filosófica a través de la historia, así como la visión del sujeto en el texto literario.

Nuestra tarea consistirá ahora en tratar de definir el concepto de ser humano o persona que maneja Sosa en su poesía.

Lo más sencillo sería comenzar por dar en un par de líneas, de una forma concisa, una definición aproximada. El tema quedaría así claro. La cuestión, sin embargo no es tan simple. Desarrollaremos en la mayor medida posible las definiciones de persona que se esbozan en su obra y, para ello, recurriremos a nuestra selección de poemas y a entrevistas personales realizadas al autor.

En la entrevista que sostuvimos con Sosa en diciembre de 2004, le preguntamos que si él haría una clasificación de tipos de hombres hondureños. Respondió que, para él, “sólo han existido dos tipos de hondureños desde siempre: ricos y pobres. Algunos ricos de Honduras no hacen la diferencia en cuanto a su educación y cultura, son igual de ignorantes que los pobres. Tal vez aparte están los corruptos de profesión que no dejan que crezcan ni unos ni otros.”

Luego le preguntamos: ¿qué piensa de los hondureños en el sentido humano?

“Antes que nada necesitamos dignificar al pobre. El hondureño aún no ha aprendido a comer y descomer, a Honduras no le veo salida, lo que nuestros gobernantes hacen es deshumanizante, aún no comprenden el sentido de darle a nuestra gente una educación integral. No podemos pensar por el momento en que Honduras tendrá hombres y mujeres brillantes e intelectuales, cuando son estos hombres y mujeres los que tienen carencias de lo mínimo necesario, de lo básico, cómo pretender entonces que el hondureño sea un ser pensante.”

En estas palabras de Sosa, vemos tres preocupaciones. Primero, habla del pobre; luego de sus necesidades básicas que no están cubiertas; y finalmente, quizá la más importante: la necesidad de devolverle la dignidad al ser humano. Todo ello debido al momento histórico, político y social en el que se encontraba Honduras al momento de escribir y aparecer en los medios, sus libros Los pobres y Un mundo para todos dividido.

“En este sentido Los pobres, no son solamente los menesterosos: sino todos aquellos que sufren persecución por la justicia. Un vasto clamor de lágrimas emerge de los perseguidos, de las víctimas, y el poeta se erige en megáfono de este clamor…” (Díaz-Plaja, 1969: p.98)

Efectivamente compartimos, la idea con Díaz Plaja, en el hecho de que Sosa habla de los pobres, los desposeídos y desvalidos, pero no sólo de lo material, sino porque otros se encargan de frustrar sus sueños, sus ilusiones. Sosa se siente igual que cualquier otro pobre que sufre por igual las injusticias de toda índole:

por lo vivido y por lo que no escribo,

profundamente sufro…

(Sosa, 1971: p. 18)

Analicemos en primera instancia a Sosa como ser humano, el hombre que representa a otros hombres y mujeres en sus obras.

Yepes y Aranguren (1998) nos dicen que hay cinco notas que definen a la persona: “la intimidad; sacar de sí lo que hay en su intimidad; la libertad; capacidad de dar y, finalmente, el diálogo con otra intimidad.” (pp.62-63)

Creemos que estas cinco notas definen a Sosa como humano; veamos a continuación cómo y de qué forma se manifiestan en él. La intimidad indica un adentro, es para sí, y se abre hacia su propio interior en la medida en que se atreve a conocerse, a introducirse en la profundidad de su alma. Sacar de sí lo que hay en su intimidad es algo sorprendente de la persona. Esto puede llamarse manifestación de la intimidad. La persona es un ser que se manifiesta, puede mostrarse a sí misma y mostrar las novedades que tiene, es un ente que habla, que se expresa, que muestra lo que lleva dentro. Con la palabra y el acto nos insertamos en el mundo humano, y esta inserción es como un segundo nacimiento. Es esto mismo lo que sucede en Sosa:

Unido a mis afectos, a sus bordes,

supongo

que conservo el horizonte,

las necesarias pausas de mi ritmo…

…En vano trato de salvarme: la arena sube 

justo

hasta el sitio del cuello.

(Sosa, 1971: p.21)

Sosa conoce su interior, conoce su intimidad, y a la vez expresa ese dolor interno que le acompaña, y lo hace por medio de la expresión poética.

La intimidad y su manifestación indican que el hombre es dueño de ambas, y al serlo, es dueño de sí mismo. La libertad es una de las características más radicales de la persona. El humano es el animal que, como origen de sus actos, tienen el dominio de hacer de sí lo que quiere.

En la poesía de Sosa se da a conocer lo que él ha hecho a lo largo de su vida haciendo uso de esa libertad.

De joven creía que podía morir y renacer

de mis propios despojos.

Es una larga historia.

Fui marinero de la medianoche. Escalé

/montañas…

He envejecido.

Hoy avanzo con dificultad;…

(Sosa, 1971: pp. 57-58)

Mostrarse a sí mismo es darse. La persona humana es capaz de sacar de sí lo que tiene para dar o regalar. Sosa se refiere a esto, especialmente, en la capacidad de amar.  Además, el poeta refleja el dolor por no poder dar todo lo material que él quisiera, a los desposeídos.

Sufro porque no puedo

multiplicar los panes;

(Sosa, 1971: p.17)

Otra nota característica de la persona es el diálogo con otra intimidad. Esa apertura que se entrega tiene como receptor lógico a otra persona y así se establece la necesidad del diálogo: dar lleva al intercambio inteligente de la palabra, de la novedad, de la riqueza interior de cada quien, de lo que se da. Una persona sola no puede ni manifestarse, ni dar, ni dialogar: se frustraría por completo.

El diálogo que se da en la poesía de Sosa, sucede cuando los lectores percibimos sus sentimientos poéticos y estéticos. En esta poesía encontramos una inmensa variedad de sentimientos que juegan un papel importante en su esquema de valores, como esa dulce melancolía, la suave tristeza o los vagos anhelos. Como consecuencia de ese diálogo que se da entre escritor/lector, se comprueba la capacidad de ser sociable de Sosa como ser humano:

SOBREVIVO y envejezco.

Respiro

el aire quieto de las fotografías.

(Sosa, 1969: p.41)

Existe también la sensación de ansiedad, inquietud o angustia del corazón:

…por lo vivido y por lo que nos escribo,

profundamente sufro…

…Llego. Y regreso siempre en dos pedazos.

(Sosa, 1971: p.18)

Estos sentimientos son habitantes legítimos del corazón de los humanos y forman una parte indispensable de la vida del hombre. Reflejan los altibajos de la existencia humana como rasgo característico de la situación metafísica del hombre sobre la Tierra.

Todo lo anterior son consideraciones acerca de la humanidad de Sosa mismo. Pero tenemos aún por resolver la pregunta ¿quién es el ser humano para Sosa?

Suele definirse al humano como animal racional, aunque Aristóteles (1951) lo define más bien diciendo que “el hombre es el único animal que posee razón.”

El hombre tiene razón y la razón es hegemónica en él. Pero, también tienen otras dimensiones: voluntad, sentimientos, tendencias y apetitos, conocimiento sensible, historia, proyectos. Yepes y Aranguren (1998) dicen que el hombre es: “un ser capaz de tener, un poseedor”. (p.74)  La historia de cada ser humano es la de alguien que posee realidades, que las adscribe así, haciéndolas parte de su narración (soy de Honduras, tengo estas habilidades, éstos son mis amigos, mis sueños, etc.)

“Podemos definir a la persona humana como un ser capaz de tener, capaz de decir mío. Se puede tener a través del cuerpo o de la inteligencia. Ambas maneras culminan en una tercera, que es una posesión más permanente y estable: los hábitos.” (Yepes y Aranguren, 1998: p.74)

Después de leer los poemas y de haber tenido una entrevista con Sosa, podemos decir  que su noción de persona hace referencia principalmente al individuo concreto, irrepetible y existente, al hombre o mujer hondureño(a) que, con nombre propio y único, se diferencia de manera profunda de los demás hombres y mujeres del mundo. Es decir, seres humanos esencialmente iguales a otros seres humanos pero cada uno es poseedor de una individualidad que lo diferencia del resto de la humanidad.

Aunque en sus poemas no menciona nombres específicos, sabemos que habla de hombres/mujeres concretos, porque no existen personas humanas en abstracto, sino personas humanas masculinas o femeninas que aportan una maravillosa diversidad cuajada de misterio y complementariedad. Con esto no se quiere decir que el hombre y la mujer sean dos seres distintos.

La persona es siempre la misma, aunque cambie el mundo material de su alrededor. Lo que permanece en los cambios de la persona no es una cosa, sino un quien, un alguien, una realidad muy profunda con una gran riqueza interior que se manifiesta y se ejercita a través de cualidades específicas: la sensibilidad, los afectos y sentimientos, la conciencia de sí.

El ser humano para Sosa se mueve en un espacio físico y geográfico que le resulta necesario para vivir y le condiciona; necesita de una casa, comida y vestimenta, aunque como veremos más adelante, son precisamente estas necesidades básicas las que no se logran llenar por completo. Por esta misma razón, el hombre/mujer va en busca de satisfacción, no se queda estático, sino que está en constante evolución; tiene un tiempo de vida que va discurriendo y que le hace esencialmente dinámico y proyectivo. La persona se sitúa siempre frente al tiempo del que dispone en una lucha constante y paradójica. Por un lado busca detenerlo al guardar memoria del pasado y eternizar el presente que le puede resultar, muchas veces, difícil y arduo.

Y simultáneamente, busca anticipar el futuro para poder decidir su destino y ejercitar el dominio de sí que le caracteriza. Pero, se trata siempre, al menos a primera vista, de una lucha perdida de antemano. La muerte llega y el tiempo siempre vence aunque el anhelo de la inmortalidad, presente en todo humano, exige una respuesta.

En Sosa lo vemos así:

NUESTROS hijos

ven

la ruina acumulada de las ciudades.

Tocan el velo extendido en las barriadas…

…Se contemplan dentro del diario espejo sucio

que nadie advierte.

Aprenden con los moribundos

A contar los peldaños que faltan a la vida.

Y crecen sin asombro. (subrayado nuestro)

(Sosa, 1969: p.22)

…Los pacientes se pasan las horas

midiendo la brevedad de la existencia;… (subrayado nuestro)

…La muerte

acostada en los anfiteatros

envía la inmovilidad de su amenaza… (subrayado nuestro)

(Sosa, 1969: p.20)

Todos estos versos en conjunto resultan ser un lamento general de las personas que sufren, muchas veces de manera injustificada, ya sea por la opresión política representada por las formas de gobierno, por los gobernantes injustos, la desigualdad material y económica o de oportunidades. Son hombres y mujeres, seres especialísimos por la perfección intrínseca que poseen y que les coloca por encima y en otro plano del resto de los seres de la naturaleza.

En nuestra época, esa perfección tienen un nombre específico: “dignidad”.  La persona es el ser digno por excelencia por encima del cosmos, la materia, las plantas y los animales. A pesar de la perfección intrínseca del universo y de los organismos naturales que la ciencia nos muestra de manera cada vez más fascinante, la persona humana los supera de manera radical porque se sitúa en un plano distinto y superior: el de la personalidad y el espíritu. Por eso sólo la persona es digna en sentido radical.

Las afirmaciones de la persona que se acaban de mostrar nos hacen, por tanto, verla como realidad absoluta, no condicionada por ninguna realidad inferior o del mismo rango. Siempre debe ser por eso respetada. De acuerdo con Sosa, respetarla es la actitud más digna del hombre, porque al hacerlo, se respeta a sí mismo; y al revés: cuando la persona atenta contra la persona, se prostituye a sí misma, se degrada.

De acuerdo a Kant (1996): “usar a las personas es instrumentalizarlas, es decir, tratarlas como seres no libres. Nunca es lícito negarse a reconocer y aceptar la condición personal, libre y plenamente humana de los demás.” (pp.50-51)  Y por eso, servirse de ellas para conseguir nuestros propios fines es manipulación, algo criticable, incorrecto. Dirigir a las personas como si fueran instrumentos, procurando que no sean conscientes de que están sirviendo a nuestros intereses, es profundamente inmoral.

Veamos como Sosa critica estas actitudes de parte de muchas personas, generalmente, Sosa se refiere a las formas de gobierno, que no siempre han sido un ejemplo de virtuosidad,  que no ven al pueblo conformado por seres humanos en sí, sino a un conglomerado social mediante el cual alcanzar poder e intereses propios.

Continuamente extienden 

sus propias multitudes

alrededor de aquellos

que hicieron de la Tierra un caserón cerrado, (Subrayado nuestro)

donde son varios los peligros 

a que está expuesta la mansedumbre de la paloma,

que en vano intenta luchar

contra la soledad y su serpiente bíblica.

(Sosa, 1969: p.28)

Podrán 

Oír entonces

La canción que he repetido

A boca de los anocheceres: ustedes

Destruyeron 

Cuidadosamente

mi patria y escribieron su nombre en libros se-

A nosotros                 [cretos.

Nos transformaron en espantapájaros. (Subrayado nuestro)

(Sosa, 1969: p.43)

A como dé lugar pudren al hombre en

/vida,

le dibujan a pulso

las amplias palideces de los asesinados

y los encierran en el infinito. (Subrayado nuestro)

(Sosa, 1971: p.31)

Sosa muestra una actitud de respeto a las personas, que estriba en el reconocimiento de su dignidad. El reconocimiento no es una declaración jurídica abstracta, sino un tipo de  conducta práctico hacia los demás. Todas las personas deben ser reconocidas como personas concretas, con una identidad propia y diferente a las demás, nacida de su biografía, de su situación, de su cultura y del ejercicio de su libertad. Esa negación del reconocimiento puede constituir una forma de opresión: significa despojar a la persona de aquello que le hacer ser él mismo y que le da su identidad.

Para Sosa, toda persona es digna por el mero hecho de ser persona aunque carezca o posea de modo deficitario algunas de las características específicas de lo humano (aspectos o virtudes no desarrolladas, por ejemplo los corruptos que él menciona)

El valor absoluto y la dignidad intrínseca de la persona se traducen a nivel jurídico-social en la existencia de los derechos humanos o derechos fundamentales que la persona posee por el mero hecho de ser persona y que tienen dos dimensiones. Subjetivamente se entienden como los ámbitos de libertad social que quedan a su disposición y en las que, en teoría, el Estado ni puede ni debe inmiscuirse (libertad religiosa, libertad de expresión, derecho a la intimidad, etc.)

Estos derechos no son concesiones que el Estado hace, sino exigencias interiores que dimanan del ser personal y que el Estado, si obra correctamente, no puede menos que reconocer. Supuestamente, corresponde al Estado también promover las condiciones adecuadas para que la persona pueda ejercitar sus derechos de manera eficaz y sin trabas (derecho a la educación, a la vivienda, etc.); en este segundo sentido, se habla de derechos objetivos. Burgos (2003) afirma que:

“Si la persona es el ser digno y valioso por excelencia, esto significa, ante todo, que la sociedad está al servicio de la persona y no al revés, es decir, que el Estado con todo sus organismos, las empresas y las demás instituciones sociales, alcanzan su sentido en la medida en que sirven de un modo o de otro al bien de la persona, que es quien tiene el rango ontológico más elevado.” (p.328)

En el libro Un mundo para todos dividido, específicamente en el poema Dibujo a pulso, Sosa, parece que deja clara su visión del ser humano y uno de los propósitos por los cuales él escribe:

Por eso

he decidido –dulcemente-

      -mortalmente-

construir

con todas mis canciones

un puente interminable hacia la dignidad,

/para que pasen,

uno por uno,

los hombres humillados de la Tierra.

(Sosa, 1971: p. 31)

Decide ser poeta para que, por lo menos en sus canciones, se les dé el lugar que aquellos humillados merecen y que nadie más les da. El resultado de esto es una visión de la persona que podemos describir del siguiente modo. La persona es un ser digno en sí mismo pero necesita entregarse a los demás para lograr su perfección, es dinámico y activo, capaz de transformar el mundo y de alcanzar la verdad, es espiritual y corporal, poseedor de una libertad que le permite autodeterminarse y decidir, no sólo su futuro, sino su modo de ser, está enraizado en el mundo de la afectividad y es portador y está destinado a un fin trascendente.

Ya hemos hablado del ser humano, de lo que implica velar por su dignidad como una de las preocupaciones básicas que presenta Sosa en su poesía. Asimismo, se manifiesta también en la entrevista que le hemos hecho. Al preguntársele ¿cuáles son algunas de las razones por las cuales al hombre/mujer se les quita su dignidad de persona humana?, él responde: “Necesitamos dignificar al pobre… lo que nuestros gobernantes hacen es deshumanizante.”

Empecemos esta reflexión definiendo “la economía como la técnica de la utilidad que se ordena a satisfacer nuestras necesidades” (Yepes y Aranguren, 1998: p.260)

¿Cuáles son esas necesidades elementales? Principalmente: la alimentación, el vestido y la vivienda. En cuanto que la razón, los sentimientos, la voluntad, las costumbres y la tradición modulan los modos de ser, de dar respuestas a las necesidades planteadas por estos tres campos, se debe decir entonces que la economía es cultura.

Hay una inclinación natural a buscar algo más que lo estrictamente indispensable para vivir porque, el hombre tiene necesidades que van más allá de las puramente orgánicas.

Lo definitorio del bienestar es el esfuerzo por lograr un modo más humano de vivir. “Bienestar y malestar” significan, en primer lugar, estar materialmente bien o mal. Cuando la dimensión espiritual del humano se encuentra en armonía con su propio cuerpo, y con el entorno físico, social e interpersonal, podemos hablar de “bienestar.” Cuando el humano se encuentra “incómodo”, a disgusto, hablamos de “malestar”, sobre todo para designar un estado físico (un dolor, una enfermedad, la ausencia de alimento o vivienda) o anímico (el nerviosismo, la angustia, el miedo, la incertidumbre, etc.)

“El bienestar es algo más que la simple plenitud gozosa de la vida biológica. Es una condición imprescindible de la felicidad: la humanización de las condiciones naturales que faciliten las actividades humanas propias de la vida buena.” (Yepes y Aranguren, 1998: p. 262)

El ser humano que presenta Sosa no tiene ese bienestar. No es un ser feliz como hemos visto, carece de todo bien material y espiritual, está teóricamente vivo, pero, a esa existencia no se le puede llamar vida. Al hombre no le basta simplemente con vivir: necesita estar bien para poder desarrollar su espíritu, su cultura, su inventiva o su ambición.

Ese impulso a sobrepasar los requisitos mínimos de la pura subsistencia obedece a que las tendencias humanas son controladas por la razón y que ésta se abre a la infinitud, se cae en el peligro de que el hombre/mujer viva solamente con vistas a alcanzar fines materiales a toda costa, sin importar cómo.  Sosa dice: “No podemos pensar por el momento en que Honduras tendrá hombres y mujeres brillantes e intelectuales, cuando son estos hombres y mujeres los que tienen carencia de lo mínimo necesario, de lo básico; cómo pretender entonces que el hondureño sea un ser pensante.”

Su preocupación por el ser humano es integral, Sosa piensa en el desarrollo humano en todo sentido y como vemos, piensa cómo va a trascender el hombre hondureño con un estómago vacío, sin un lugar donde dormir, como decíamos antes, sin “estar bien.”

El concepto de miseria es entendido como la carencia de bienes y recursos que se caracteriza porque en ella el hombre no es libre: sometido a una dinámica material inexorable y ciega no puede crecer. En la miseria el hombre se deshumaniza, es decir, queda sometido a una dependencia esclavizante respecto de los escasos bienes que le permiten subsistir. Y es que el hombre es un ser corporal también: necesita cubrir las necesidades de su cuerpo. Si sólo puede estar pendiente de este ámbito de su realidad, se animaliza.

“Es, pues, la miseria el estado en que el hombre se siente y vive a sí mismo en la forma de una materia que sólo tiene necesidad de materia (…) Quien de hecho la siente se limita a sostenerse como puede en la vida. Salir de la miseria consiste en comenzar a tratar la materia de una manera humana, es decir, ejercer el poder que tenemos de intervenir en la naturaleza, humanizándola para nuestros fines.” (Yepes y Aranguren, 1998: p.266)

Nos atrevemos a afirmar que no hay cultura sin un cierto bienestar, pues la cultura es la elevación del mundo material a un nivel humano, y eso requiere un cierto desahogo respecto de las necesidades primordiales inmediatas. El bienestar sería aquella situación en que la liberación de la miseria permite que el trabajo sea cultura, y no mera supervivencia. La miseria es una situación inhumana, porque impide la manifestación del espíritu. En ese sentido, el problema de la miseria y de la pobreza es que deja a las personas infrautilizadas, centradas en un nivel de actividad que no las proyecta como personas. Medir la pobreza no es sólo medir la renta per capita como se muestra en los informes anuales del PNUD, sino el grado de liberación de las distintas formas de miseria de las gentes de un país: la pobreza también es una forma de incultura.

Sosa dice:

LOS pobres son muchos

y por eso

es imposible olvidarlos.

(Sosa, 1969: p.9)

Veamos la pobreza desde otro ángulo:

“En la medida en que se exagere el afán desordenado de comodidad, disminuye el bienestar en igualdad de circunstancias materiales. Por eso la pobreza, paradójicamente, puede significar libertad cuando se sabe ir más allá de ella, pues pobreza significa escasez, pero no miseria estricta. El pobre no es miserable, puesto que en su corto bienestar puede sentirse libre y serlo realmente. Por eso la pobreza puede ser vivida como soltura respecto de las servidumbres de los bienes materiales. En ella no se dan las ataduras, agobios o amenazas del que desea sobre todo poseer más.” (Yepes y Aranguren, 1998: p.267)

La riqueza es, entonces, mucho más que la posesión de bienes materiales, más bien es aquel conjunto de bienes que contribuyen a la felicidad humana. El mayor de esos bienes está en el interior de la persona misma: es su capacidad productiva, inventiva y generadora de riqueza. La mera crematística es el índice de la miseria espiritual propia de la sociedad de consumo: una materialización de los fines de la actividad humana, refinada en su apariencia por el lujo, pero cruda y violenta en su actitud de fondo.

La lucha por la posesión de los bienes materiales nos pone ante los ojos la existencia de las desigualdades humanas. Desigualdad no es lo mismo que diferencia, ésta segunda es necesaria y saludable: la diversidad es riqueza. La desigualdad, en cambio, puede entenderse como diferencia injusta, es decir, lesión de los derechos de unos a favor de los otros, especialmente en lo referente al reparto de la riqueza y de los bienes materiales. El problema de la igualdad alude a una justa distribución de los bienes. Es el problema de la justicia distributiva: conseguir la igualdad entre los humanos constituye una tarea loable pero difícil.

Esa desigualdad la vemos en Sosa repetidas veces:

Recorren con ojos dulces cuanto no tienen.

En las noches recuerdan

los hechos y palabras de los justos.

(Sosa, 1969: p.28)

En cuanto al tema de los ideales políticos y sociales, sabemos que se basan muchas veces en la búsqueda de la igualdad, en especial la económica. En nuestra época, la política está tan desprestigiada, y en consecuencia más bien parece un juego para ingenuos. La causa está en que, después de un largo proceso histórico, hoy parece que la vida buena es un asunto exclusivamente privado, más propio del ocio que del trabajo. Yepes y Aranguren (1998) piensan que:

“Si el fin de la vida social es la vida buena, la política será el arte de dirigir la ciudad de tal modo que los hombres alcancen en ella una vida lograda. Lo político no es tanto el dominio sobre la maquinaria estatal como la preocupación por solucionar los problemas que surgen en la convivencia. El modo habitual de ver lo político no es éste, en parte por el desarrollo de teorías sociales como las de Hobbes o Rousseau, en parte porque la condición humana no es tan perfecta como a menudo desearíamos. Es cierto que hay que preocuparse activamente por ejercer un control sobre la violencia, que no todos los hombres son virtuosos o, más bien, que la mayoría de los hombres son malos (Aristóteles). Pero el que existan dificultades no nos puede hacer huir de nuestro ideal: una cosa es que lo perfecto sea difícil, otra el renunciar a la excelencia por un desanimante espíritu aburguesado que se conforme con lo gris.” (p.289)

Anteriormente vimos que Sosa habla de esas personas inescrupulosas que nos manejan por intereses propios, y aunque no lo diga abiertamente, sabemos que nos habla de los malos políticos que dirigen algunos países:

Continuamente extienden 

sus propias multitudes

alrededor de aquellos

que hicieron de la Tierra un caserón cerrado, (subrayado nuestro)

donde son varios los peligros

a que está expuesta la mansedumbre de la paloma,

que en vano intenta luchar

contra la soledad y su serpiente bíblica.

(Sosa, 1969: p. 28)

Podrán 

oír entonces

la canción que he repetido

a boca de los anocheceres: ustedes

destruyeron 

cuidadosamente

mi patria y escribieron su nombre en libros se-

A nosotros     [cretos.

nos transformaron en espantapájaros.  (subrayado nuestro)

(Sosa, 1969: p.43)

En Sosa es palpable la idea de que la política en nuestros días se ha convertido en una técnica organizativa de la maquinaria estatal, presidida por la retórica y en la que el único contenido realmente importante es el de la balanza económica, no tanto la mejora integral de los ciudadanos. Los gestos políticos no parecen tener otro fin que mantener la imagen pública del gobernante o candidato que acaricia cabezas de niños y sale en los medios de comunicación para así suscitar adhesión de los electores. Es lógico que esto no convenza, que parezca algo poco serio.

Los malos políticos, de los que Sosa menciona en su poesía más de una vez, es decir, aquellos que buscan fundamentalmente el poder: si no lo tienen, para conquistarlo y, si lo tienen, para tener más. Sus intereses por lo ciudadanos existen primeramente en la medida en que logran su apoyo, y sólo en segundo lugar lo entienden como un servicio a la comunidad. Buscan más las medidas que les den nombre, que los beneficios para sus gobernados, prefieren la buena imagen a la honradez, y adulan a la prensa como sus más necesarios aliados. La diferencia entre un sistema político bueno y uno malo no es sólo una cuestión de procedimiento para elegir al que manda, sino también de cuál es el fin que busca el gobernante una vez puesto a gobernar.

Si la política es el arte de dirigir la ciudad hacia el bienestar y la vida lograda de todos, esa tal situación aparecerá como el ideal al que tender: lograr unas condiciones sociales, económicas, culturales y políticas que hagan efectivamente la vida lograda y el auténtico bienestar. Como lo diría Aristóteles (1951) se trataría de hacer realidad el régimen que hace posible la mayor medida de felicidad, un género de vida adecuado para que lo comparta la mayoría de los hombres, y un régimen del que pueden participar la mayoría de las ciudades, y así, y sólo así nos podremos olvidar de Los pobres y desamparados materialmente.

A manera de conclusión

El valor poético de Sosa se encuentra en el universo de la realidad hondureña. Sosa describe la rudeza del estilo de vida de todos los “desposeídos”. La existencia de la obra de Sosa, como creación estética, se manifiesta en, por y para la colectividad, es la consecuencia de una relación intrincada entre los sujetos sociales y el mundo. Sumergido en la sociedad hondureña, predetermina mediante su experiencia del lenguaje y gracias a una “conciencia colectiva” unifica los estados de conciencia individuales, incluyendo el de Sosa mismo, y materializa en palabras y versos a los objetos, seres humanos y sentimientos en: realidades portadoras de la función estética. Consideramos que la conciencia colectiva es más un hecho social, el lugar de convergencia de los distintos sistemas de fenómenos culturales, como el idioma, la religión, la ciencia, la política, etc. Y de estos sistemas se deriva una intensa fuerza normativa sobre la que se fundamentan los repertorios sociales de la creación artística y los imperativos intersubjetivos del sentido y la interpretación.

Sosa escribe y publica sus obras en medio de grandes turbulencias históricas nacionales e internacionales. Entre los hechos históricos relevantes de Honduras que sucedieron cuando el poeta escribe y publica Los pobres y Un mundo para todos dividido están: la Guerra Honduras – El Salvador y el período de gobiernos de dictadura militar, que, como en todos los países latinoamericanos no trajo más que estancamiento en el desarrollo tanto del propio país como el de los ciudadanos mismos. Estos son hechos precisos que Sosa recoge y da a conocer en su poesía con detalle similar al de un informe de carácter sociológico pero con la diferencia de que las palabras poseen una profunda sensibilidad y belleza.

Interpretar la obra de Sosa sólo ha sido posible dentro de las experiencias culturales del escritor y de la sociedad. Da vida a los sujetos que sufren en la realidad, porque sólo en el mundo del lenguaje es donde se puede sobrevivir, en el sentido de elevarse por encima de la existencia meramente natural y orgánica para establecer múltiples lazos de socialidad.

 

Biliografía

  • Aristóteles (1951) Política. Madrid: Instituto de estudios políticos.
  • Burgos, J. (2003) Antropología: una guía para la existencia. Madrid:

Ediciones Palabra, S.A.

  • Díaz-Plaja, G. (1969) Los pobres de Roberto Sosa. Madrid: ABC
  • Kant, I. (1996) Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid:     Santillana
  • Sosa, R. (1969) Los pobres. Madrid: Ediciones Rialph.
  • ———- (1971) Un mundo para todos dividido. La Habana: Casa de las     Américas.
  • Yepes, R., y Aranguren, J. (1998) Fundamentos de Antropología, un ideal de                                 excelencia humana. Pamplona: EUNSA.

Carmen Cruz

Es originaria de la ciudad de Santa Rosa de Copán, Honduras.
Máster en Gestión de Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar de Guatemala.
Actualmente radicada en la ciudad de Santa Rosa de Copán en donde trabaja como gestora cultural independiente y en un proyecto de emprendimiento propio.
Fue Subdirectora de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño. Presidente del Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa. Jefe de la Unidad de Negocios Editoriales, Hemeroteca y Editora de Turismo e Identidad Nacional para el Grupo OPSA, La Prensa, en San Pedro Sula. Técnico académico administrativo de la Dirección de Posgrados de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. Ha sido profesora titular de la Universidad Rafael Landívar y Universidad del Istmo en las clases de: Introducción a la Literatura; Lenguaje y comunicación; Antropología filosófica y Apreciación de cine.
Perteneció al Comité Internacional de Investigación y Crítica Literaria de Editorial Promesa de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad de la Sabana de Bogotá, Colombia.
Ha dado conferencias y tiene publicaciones en países como México, Chile, Costa Rica, Colombia e Italia.

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