Publicado en Semanario Cultural “Entropía”, p. 10, No. 680/Año XIV, Diario El Sol de San Luis Potosí, México, 2007.

El Principito hace viajes interplanetarios, arrastrado por sus deseos de hacer una nueva amistad y, mientras tanto, sumerge a los lectores en una aventura que no es otra que la de la libertad.

En cada visita del Principito a los planetas, algo profundo sucede en él porque el viajar inspira una inigualable sensación de libertad. “En la aventura y en el viaje, tenemos la alegría de vivir” (Alvira, 2001, p.16). El Principito representa al yo verdadero de cada persona, la naturaleza buena del hombre, muchas veces anulado por el egoísmo, esa arena seca del desierto que oculta el pozo vivificador y musical. Ese yo que revela el Principito es lo invisible “que sólo ve el corazón”, es nuestra debilidad que se convertirá en fuerza, es la pregunta que motiva respuesta, es la parte más valiosa de nuestro ser.

Durante los viajes, el Principito deseaba encontrar explicaciones al extraño comportamiento de los adultos y esperaba encontrar algo trascendente en sus actividades. En cambio, lo que se encontró, al menos en el caso del poseedor de estrellas, fue un uso absurdo de la facultad de poseer y, por tanto, de esa faceta de la libertad. Cuando llegamos a poseer algo de lo que no queremos desprendernos y, sobre todo, cuando ese algo depende de nuestros cuidados, vamos poniendo sobre ello mayor interés y responsabilidad, entonces hemos superado el tiempo, estamos más allá de él. “-Yo -dice el Principito- poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. Pues deshollino también el que está extinguido. No se sabe nunca. Es útil para mis volcanes y es útil para mi flor que yo les posea. Pero tú no eres útil a las estrellas… El hombre de negocios abrió la boca pero no encontró respuesta y el Principito se fue. Decididamente las personas mayores son enteramente extraordinarias, se dijo simplemente a sí mismo durante el viaje” (pp.67- 68).

El Principito no desea, sino que ama lo que posee. Conoce el amor. “El amor trasciende el tiempo y el espacio y, justamente por ello, quien ama no se consume en dar su amor sino que crece interiormente en lugar de gastarse. El deseo, que no busca dar sino recibir, consume, agota y tiene límites. Nuestra capacidad de amar es superior a nuestra capacidad de placer” (Sellés, 2006, p.176). Verdaderamente podemos decir que él tiene una casa, un lugar que habita. “Habitar significa tener, poseer, con continuidad. Posesión continua. Pero eso quiere decir que habitar significa superar el tiempo, no dejar que él me venza. Si en un edificio determinado encuentro siempre el mismo amor, esa mismidad, ese mantenimiento, supone la victoria sobre la vejez, es decir, sobre el desgaste del tiempo. Y por eso, ese es el único lugar al que puedo volver, porque sólo se vuelve a lo que se mantiene igual, fiel a sí mismo y a los demás. Esa es mi casa, ahí habito” (Alvira, 2001, p.17).

El Principito habita en un planeta en donde posee una flor y tres volcanes. Tiene responsabilidades y comprende que cuidarles les es útil a la flor y a los volcanes. Ya lo hemos dicho: habitar es poseer y lo que se posee se cultiva. Es decir, cultivar su flor y su volcán es ya un trabajo. Entonces, el Principito habita, trabaja y cuando se trabaja para habitar, se vive, se es feliz. La vida humana aparece cuando se crea un espacio de relación y afecto con algo o alguien a quien se ama, entonces ves y entonces dices, dices algo con sentido. He allí la diferencia del sentido de poseer del Principito y del hombre de negocios del cuarto planeta. Este hombre habita como consecuencia de que trabaja contando pequeñas cositas que brillan en el cielo, entonces su trabajo carece de sentido, pierde interioridad. La vida de este hombre depende enteramente del tener material, pero este hombre nunca ha llegado a poseer verdaderamente. – ¿Y qué haces con esas estrellas? -¿Qué hago? -Sí. -Nada. Las poseo. -¿Posees las estrellas? -Sí. -Pero he visto un rey que… -Los reyes no poseen; “reinan”. Es muy diferente. -¿Y para qué te sirve poseer las estrellas? -Me sirve para ser rico. -¿Y para que re sirve ser rico? -Para comprar otras estrellas; si alguien las encuentra (p.66).

Para el hombre de negocios lo importante es poseer, no lo poseído. Es un esclavo del trabajo, está absolutamente entregado, no tiene tiempo para otra cosa. Y este modo de enfocar el trabajo le lleva a estar aislado de los demás y de la realidad en general. Ya hemos dicho que el hombre se constituye en función de las relaciones que establece con los demás y con la realidad. Pero él está aislado de los demás: cuando llega el Principito ni siquiera levanta la cabeza de su trabajo. No sabe con precisión qué es eso que posee. El Principito por el contrario establece adecuadamente la relación entre medios y fines de lo que posee, la utilidad es recíproca: es utilidad para el poseedor y para la cosa poseída, ambos se benefician. Él dice que el hombre de negocios no reporta ninguna utilidad a las estrellas, a las cosas por él poseídas. Por el contrario, si poseo una flor, un volcán… es bueno para mí, me son útiles, pero también es bueno para la flor, para el volcán porque les cuido. La incorrecta comprensión de la riqueza se plasma con el hombre de negocios.

La riqueza aquí consiste en la posesión y disfrute de una serie de bienes materiales. El símbolo de la riqueza es la posesión de millones de estrellas. En este caso, las estrellas son análogas al dinero. El dinero carece de valor en sí (excepto el del valor material con que se ha fabricado, que es un valor insignificante), es algo útil para el intercambio. Su valor es la utilidad, es decir, apunta a otras cosas, que son las que de verdad valen. El amor es lo que al Principito lo hace habitar, tener una flor y tres volcanes, estar radicado. El Principito entrega, sin esperar nada a cambio, pues él ama, entonces genera riqueza. Incluso en la economía, como lo han explicado algunos, lo primario no es el consumo sino la producción; no es la demanda sino la oferta. La economía, en sentido antropológico estricto, surge de la capacidad del ser humano por añadir valor, por dar, por aportar (cfr. Sellés, 2006, pp.171-172).

El hombre de negocios “posee” 501,622,731 estrellas, pero no ofrece nada, es un hombre vacío, o puede ser que ofrezca engañosamente. Esto representó una enorme decepción para el Principito. “El Principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores…” (p.67). En síntesis, la mayor posesión o la posesión más honda que tiene el Principito es su capacidad de entrega hacia lo que ama. Eso lo hace ser un niño virtuoso que tiene su planeta en el que habita, trabaja a gusto e inventivamente, y es feliz, aunque en ocasiones sea necesario salir de casa para comprenderlo. Lo espectacular es que a su corta edad sabe vivir a fondo y transmite vida, porque la adquiere con el trabajo y en su casa.

Bibliografía
• Alvira, R. (2001) Filosofía de la vida cotidiana. Madrid: Ediciones Rialp.
• Saint-Exupéry, A. (1998) El Principito. San Salvador: Clásicos Roxsil.
• Sellés, J.F. (2006) Raíces antropológicas de la economía. Revista Empresa y Humanismo, Vol. IX, No. 2/06, pp.159-200.

Ver Semanario Cultural en:
http://www.nikolausschapfl.com/pdf/ENTROPIA_7.1.07.pdf

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