Han pasado 10 años. ¿Adónde se han ido todas las cosas que no has vivido conmigo? ¿Dónde estás? ¿Y por qué tuvo que ser así? Las fotos viejas es lo único que me queda de una posible presencia física tuya. Cada año que pasa es más doloroso, difícil, lejano. Por supuesto que están los recuerdos hermosos de tus gestos, tus risas, tus caricias, tus enojos, tus consejos, las fiestas, las palabras, las comidas… pero precisamente esos recuerdos tan cercanos es lo que hace que el dolor parezca que esta espera por volver a verte apenas acaba de empezar. Si apenas fue ayer que nos despedimos en aquella calle de la Zona 1 de Guatemala. El bus partía y yo como siempre lloraba en cada despedida. Aún recuerdo aquel último viaje a Guatemala, la última noche en aquella casa, el sueño raro que tuve esa última noche que estuviste con nosotros, los sueños que anunciaban ese triste martes de agosto de 2004. Siempre pienso en qué cosas quisiste decirnos en ese último momento. ¿Qué se hace con tanto dolor? Estos dolores tan de uno, que nadie te los puede entender.

“Estoy acostada en la misma cama donde murió mi madre hace ya muchos años; sobre el mismo colchón; bajo la misma cobija de lana negra con la cual nos envolvíamos las dos para dormir. Entonces yo dormía a su lado, en un lugarcito que ella me hacía debajo de sus brazos… …Su viejo pecho amoroso sobre el que dormí en un tiempo y que me dio de comer y que palpitó para arrullar mis sueños…” (Juan Rulfo, en Pedro Páramo)

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